Hay platos que vuelven a nuestras mesas cada verano. De hecho, parecen pensados para sobrevivir a las altas temperaturas de esta época del año. Uno de ellos es el pastel frío de patata y atún; un plato que tenemos que preparar con antelación porque necesita unas cuantas horas de reposo en nevera para servirse bien frío y con todo su sabor. Estamos ante una receta sencilla y muy completa, que además nos ayudará a refrescarnos bocado a bocado.
Aunque su origen exacto no está documentado, sí se puede situar su evolución dentro de la transformación de la cocina europea durante los siglos XIX y XX. La popularización de la patata como alimento básico, el desarrollo de técnicas de conservación industrial como las latas de pescado y la expansión de salsas frías emulsionadas como la mayonesa crearon el contexto perfecto para el nacimiento de nuevas preparaciones saladas hechas con antelación para consumirse frías.
El pastel frío de patata fue surgiendo de la adaptación de distintos platos de aprovechamiento como las ensaladillas, las terrinas y otros pasteles salados, en los que la patata se convirtió en un elemento crucial para retener humedad, compactar el resto de ingredientes una vez cocidos y absorber bien otros sabores.











