Las interacciones humanas pierden adeptos mientras la sociabilidad se condiciona al estándar de comodidad que asegura la IA, ese agente insuperable en la habilidad para complacer a cada uno con el único fin de asegurar su propia vigencia
“Tengo artritis reumatoide”, le dijo a su amiga. Ella entró en un bucle de angustia. Cuándo le habían dado el diagnóstico, qué tan insoportables eran los dolores, cuál sería el tratamiento, si los síntomas se amainaban con el medicamento... A ella se le atoraba la boca de preguntas mientras pensaba en su madre, que tiene esa enfermedad retorcida y martirizante. “¡No, no! Espera…“, le dijo él. ”No me duele todo, puede que esté apenas empezando. Aún no he ido al médico. Le pregunté a ChatGPT y esa fue la respuesta”.
Los mejores médicos del país tardaron meses en identificar la enfermedad de la madre de ella, porque es de difícil diagnóstico. La IA se lo dijo a su amigo en segundos. Para complacerlo. En una etapa de decepciones biográficas, documentada en las conversaciones entre él y la IA, un diagnóstico dramático servía como flotador dentro del desconsuelo. Una justificación extrema ante cualquier reproche por su desánimo vital. Falsa, irresponsable, incendiaria. Pero a la IA no le importa, porque él la seguirá usando.








