Frente al tiempo expansivo de la infancia, el ajetreo cada vez más intenso de la vida adulta. Nos sorprendemos diciendo prácticamente cada día: “Perdona, no he tenido tiempo”. Incluso: “No me ha dado la vida”. ¿Cuándo empezaron estas frases a volverse ubicuas? ¿Cuándo empezamos nosotros mismos a decirlas y qué quieren comunicar realmente? ¿De verdad no tenemos tiempo… o solo nos sentimos ocupados?
“Es objetivo que nuestros horarios de trabajo son, en teoría, más reducidos que hace décadas (digo ”en teoría“ porque sabemos que las horas extra están ahí, o los empleos irregulares y sin contrato, en los que se explota a muchas personas)”, dice la filósofa Azahara Alonso. “En cambio, la tecnología permite nuestra disponibilidad, por lo que la desconexión digital se hace en muchos casos más difícil (por miedo a perder el empleo) y eso produce una sensación de tiempo ocupado en una alerta continua”, añade la también autora de Gozo (Siruela), un libro que “habla de la posibilidad de un placer casi sagrado, el de no hacer nada (o no hacer tanto, o no por necesidad)”.
Porque sentir que no tenemos tiempo es, casi siempre, sentir que no tenemos tiempo ocioso. Pero también, como apunta Alonso, que no poseemos ratos libres de las perpetuas interrupciones digitales que fragmentan nuestro día constantemente, lo que se ha dado en llamar “tiempo confeti”.









