“La vida es breve” me dijo una amiga hace unos días en un alarde de originalidad, después de haberse pasado el día viendo películas en un festival y, en las pausas, haciendo planes para diferentes viajes que pensaba hacer este verano. Llevamos milenios sabiéndolo. Llevamos cientos de años con el “carpe diem” de Horacio y el “collige, virgo rosas…” de Ausonio. Aparece con fuerza, regularmente, en ciertas épocas, como el Renacimiento, el Barroco y el Romanticismo, pero ahora tengo la impresión de que nos ha entrado una angustia loca que casi no nos deja vivir y nos tiene corriendo de acá para allá como pollos sin cabeza.
Toda la gente que conozco y muchísima que no conozco realmente aunque he coincidido con ellos en distintas ocasiones, ha empezado a vivir la vida de un modo que casi no los deja vivir porque la han llenado de cosas y actividades que consideran necesarias para tener la sensación de que están viviendo y de que, cuando llegue la vejez extrema -eso piensan ellos- les confortará, al menos, con la idea de que han vivido.














