El autor les pide disculpas de entrada porque esta nota tendrá alguna que otra cita culta. Asegura que no es para demostrar sapiencia, sino porque son pertinentes. También pide anticipadas disculpas porque va a utilizar −con ánimo de demolición o al menos explicación− un par de lugares comunes como “la pandemia aceleró los tiempos” o “las plataformas lo cambiaron todo”. Dicho esto: la pandemia aceleró tiempos de cambio en el universo del ocio y del entretenimiento obligando a la gente a quedarse en casa y eso hizo que las plataformas, a las que Hollywood se iba acomodando poco a poco, irrumpieran para cambiar el campo de juego. El cine en salas entró en una crisis de la que, aparentemente, recién está saliendo este año después de un lustro de idas y vueltas, con momentos en los que la “subida” se vio interrumpida por huelgas (lo que sucedió en 2023), que pusieron al borde del abismo cualquier recuperación. Y aclaremos que esto no afectó solo al mercado estadounidense sino que, por ser el principal exportador de películas, la onda expansiva impactó a toda la industria de la exhibición. Pero para apelar a otro cliché, el péndulo llegó al final de su período y está volcándose a un nuevo crecimiento. Y esto es un fenómeno novedoso que, si se desmenuza con atención, excede el campo del cine y del entretenimiento: estamos ante un cambio social que quizás implique que el péndulo se equilibre en un lugar en el que nunca estuvo antes.En 1999, el sociólogo estadounidense Ray Oldenburg publicó un libro llamado The Great Good Place (El gran buen lugar, en traducción algo pobre) donde introduce el concepto de “tercer lugar”. Para simplificar mucho, el “primer lugar” sería el hogar, donde se tiene la vida familiar, y el segundo, el del trabajo, donde se organiza la vida productiva. El tercero, analizado en el libro, es el de la vida social: el café, la peluquería, un boliche, aquel en el que conocemos a otras personas y desarrollamos nuestras relaciones. Para citar a Oldenburg, “el tercer lugar es un espacio público y neutral que alberga las reuniones regulares, voluntarias, informales y felizmente anticipadas de individuos, más allá de los dominios del hogar y del trabajo. Son los anclajes de la vida comunitaria; lugares que ofrecen una pausa esencial de las exigencias de la familia y de la oficina”. Pero también en el libro dice lo siguiente: “Sin lugares de escape y descompresión, la vida se reduce a un péndulo agotador entre la producción y el consumo.”¿A que no saben qué pasó en 2020 por culpa de la pandemia y de medidas sanitarias muchas veces inadecuadas en gran parte del mundo? El encierro aceleró la conversión al home office en una gran cantidad de casos; y las plataformas se convirtieron en sucedáneos de un “tercer lugar” que pasó a ser, con las redes sociales, virtual. Cambió de ese modo, brutalmente, la experiencia de las personas. Pero lo que vino después fue una saturación: si mi lugar de trabajo es mi lugar de familia y es mi lugar de ocio, ¿qué clase de descompresión puedo lograr? En los EE.UU., el teletrabajo implicaba entre el 5 y el 7% de los días de salario facturados (datos de 2019). Hoy es un 26% de teletrabajo completo y 56% de híbrido (algunos días en el trabajo, algunos en casa). En la Argentina se forzó un regreso a lo presencial y pasó de un 83% en 2020 a 17% hoy. Pero fue por pedido de las propias empresas por razones poco claras (en general, para justificar gastos de infraestructura ya realizados). Pero al menos el 50% de los trabajadores nacionales prefieren el regreso al home office. En Europa, las proporciones son similares a las estadounidenses.Obsesión, el gran fenómeno cinematográfico de este año
Cine vs. home office: el año que las salas empiezan a recuperar la experiencia colectiva
Lejos del aislamiento hogareño que impuso la pandemia, hoy el público busca estímulos para volver a sentir con otros







