Los ríos crean fronteras extrañas en muchas ciudades. Con frecuencia, los arrabales de la orilla de enfrente, por muy cerca que estén del casco histórico, se miran con recelo o son directamente elididos de los imaginarios urbanos. Hasta que las inmobiliarias ven que se les puede sacar rentabilidad ante unos centros hipersaturados, y tiran de vergonzantes antonomasias para dignificar la especulación como “el Brooklyn de”. Tras 10 años de andadura, el Centro de Creación Contemporánea de Andalucía (C3A) no terminaba de lograr que los habitantes de Córdoba cruzaran el río y fueran al llamado Campo de la Verdad, donde se enclava el edificio brutalista de Nieto y Sobejano que es sede del museo, por mucho que la institución sea más suya, por pública, que la mezquita catedral. Hay quien se ha planteado si no sería mejor abandonar el deseo de que los cordobeses participen de las actividades y exposiciones del C3A y entregarse al llamado “turismo cultural” internacional, con dos o tres exposiciones blockbuster que motiven el viaje. Pero desde el museo, aunque de forma discreta, se ha vivido con frustración esta falta de entendimiento mutuo con la ciudad. Con la excusa del décimo aniversario de su apertura, desde la institución han decidido afrontar el problema y el resultado es una valientísima exposición que toma muchos riesgos y da en el clavo. Ciudad de quién está comisariada por Gilberto González, subdirector del CAAC de Sevilla y del C3A, y Lola Baena, conservadora del museo cordobés, que han aprovechado la ventana de oportunidad tras la dimisión de su directora y un largo concurso público que no para de enmendar las bases por errores administrativos. Toman la iniciativa para iniciar una conversación con las instituciones de la ciudad sobre las oportunidades y disfunciones de una relación compleja que se nos cuenta con una honestidad inimaginable hasta hace poco. La colección del CAAC y el C3A se complementa con obras del Museo Arqueológico, de la catedral, de la Diputación, del Museo de Bellas Artes, así como con préstamos de coleccionistas privados que guardan vincu­lación con la ciudad. La estrategia es tan sencilla como poderosa: lo que vemos en las salas es un reflejo de un patrimonio compartido que enriquece la visión del museo y genera una sensación de participación y pertenencia, de porosidad real y de relaciones entre el pasado y el presente. Una de las obras de Julio Romero de Torres de la exposición suele estar colgada en un restaurante. Aunque es una exposición de tesis, los comisarios han dividido el discurso en tres espacios diferenciados por unas alfombras en azul, grana y albero, que aportan colorido a la mole de hormigón y hacen amable un discurso más acido de lo que aparenta ser. Los temas son claros: genealogías y mitos compartidos, el museo como agente social en su territorio, y la labor de crítica y archivo vivo que debe hacerse desde el arte contemporáneo. La primera sección, la más extensa, explora de qué forma el arte contemporáneo puede recibir los mitos de la ciudad y llevarlos a su ámbito. Vemos al san Rafael del Tesoro de la catedral y al de Valdés Leal frente a las esculturas de Carrying, de Pepe Espaliú, en un montaje que emociona y que amplía ambos iconos. También está el espectacular Marinero ahogado, de Lorca, o un retrato de una mujer —rubia, un contraejemplo de la idea exotizante de la mujer cordobesa— de Romero de Torres al lado del vídeo Semiotics of the Kitchen, de Martha Rosler. No hay nada de pacata en la relación entre iconos; también se nos deja ver la incomodidad de algunos, como las páginas mecanografiadas de los escalofriantes diarios de Juan Bernier. Y hay apuntes estupendos, como un epitafio fechado en 1054 sobre una joven liberta andalusí encontrado en el Campo de la Verdad. El conjunto es una observación de la historia simbólica de una ciudad por la que han pasado muchas civilizaciones y que finge haberlo visto todo ya. El segundo recorrido insiste en la relación del imponente edificio con el paisaje urbano. El diseño arquitectónico del museo se contrapone con una celosía andalusí traída del Museo Arqueológico, que conecta con el volumen hexagonal del edificio y con la reinterpretación de la fachada que hicieron Nieto y Sobejano. Una foto de archivo muestra el espacio antes de la construcción del museo: una serie de infraviviendas y corrales que fueron desplazados —por quién— para que surgiera la institución. El C3A se ubica en uno de los barrios más pobres de España. Cabe preguntarse qué función tiene un museo en este lugar. ¿Higienizar? ¿Tejer redes? ¿Hacer asistencialismo? La institución participa en asambleas y comités de vecinos de una zona históricamente maltratada con el objetivo de responder a estas preguntas. La sección final decide hacer evidente una crítica a la sociedad cordobesa, a modo de autoanálisis. En el Arenal, frente al Campo de la Verdad, se monta todos los años la feria, ese doble de la ciudad festivo y saturnal que aparece y desaparece, y con él, las normas morales cotidianas. Alrededor de unos carteles e imágenes de las portadas, una máscara del dios Pan del siglo I nos habla de la ficción del desorden. Cerca, Neutral Density, de Wolfgang Tillmans, emborrona los juicios en una bruma verdosa. Las conexiones entre elementos son libérrimas: una instalación de Álvaro Perdices sobre las ruinas de la fábrica algodonera de Córdoba, las mesas y las sillas diseñadas por Rafael de la Hoz —un relato intermediado de modernidad y alta burguesía de los años sesenta—, o la brillantísima serie de pintura social Sector Sur, de José Duarte, a quien nunca se le ha prestado la suficiente atención y que representa lo mejor de los años sesenta en España. Todo esto es Córdoba, y mucho más. También el clasismo mal disimulado, la autoexotización andalusí, el relato cogido con alfileres de la Reconquista… y un museo que quiere escuchar y ser escuchado, con sutilidad pero con firmeza, y que defiende que desde este lado del río se observa mejor a la ciudad por venir. ‘Ciudad de quién’. C3A. Córdoba. Hasta enero de 2027.