El CAAC y el C3A reúnen a cuatro artistas unidos por un imaginario en el que conviven ritos contemporáneos y espacios híbridos
En las antípodas del más anodino de los cubos blancos, el CAAC de Sevilla y el C3A de Córdoba son dos arquitecturas cargadas de identidad. De un lado, la Cartuja sevillana, sede principal del museo sevillano a la espera de su próxima ampliación, y del otro, el edificio de...
Nieto y Sobejano en Córdoba, de un sobrio y elegante neobrutalismo. Ambos centros públicos, dependientes de la Junta de Andalucía, cierran ahora una etapa tras la marcha de su responsable desde 2022, Jimena Blázquez, y el anuncio de un concurso público para la nueva dirección. Queda, como balance provisional, una última tanda de exposiciones muy afinada, con cuatro artistas poco expuestos en los grandes museos y unidos aquí por un imaginario común en el que conviven imágenes sacras, materias híbridas y ruinas contemporáneas.
De las cuatro, Cecilia Bengolea (Buenos Aires, 1979) es la de mayor proyección internacional y también la más vista en España, donde en los últimos años ha expuesto en Madrid de la mano de TBA21 y La Casa Encendida. En Córdoba, reúne textiles, cerámicas, dibujos, imágenes lenticulares y películas como partes de un mismo ecosistema, piezas que se rozan y se contaminan entre sí. Por ejemplo, Memorias de lo húmedo convierte fundas de muebles en una instalación blanda y horizontal, extendida sobre el suelo como un paisaje doméstico transmutado en organismo vivo. Yurta sin techo desplaza esa misma lógica hacia un textil suspendido, con algo de cobijo precario y de membrana orgánica. A su alrededor, aparecen relieves de superficie terrosa, pequeñas piezas de aspecto fósil y formas que evocan pieles en mutación. Más que ordenar objetos en el espacio, Bengolea compone un paisaje de relaciones entre materias y cuerpos, en el que lo orgánico y lo digital, la naturaleza y la técnica, quedan entrelazados en una misma continuidad híbrida y cíborg.






