Antes el arte encendía la vida. Antonio Lamela replicaba en el patio de luces de la calle de O’Donnell, 34 —donde aún se conserva su primer estudio— la pintura abstracta de Piet Mondrian con teselas. Javier Sáenz de Oiza imaginaba en piedra, junto a su amigo el escultor Jorge Oteiza, la basílica de Aránzazu (Gipuzkoa). El mago del hormigón Fernando Higueras creaba trazo a trazo, con Eusebio Sempere, el Instituto del Patrimonio Cultural de España. Y Pablo Palazuelo y Francisco López colaboraban en la sede central de Bankinter y su peculiar revestimiento de pequeños ladrillos, resultado de una conversación entre Ramón Bescós y Rafael Moneo.

¿Entonces? Ahora que falta Mario Vargas Llosa… ¿En qué momento se jodió el Perú? “Que los arquitectos quisieran que el arte hiciera acto de presencia en Bankinter —como había sucedido en el pasado reciente— fue aceptado por Palazuelo al mostrar y aclarar con su obra [un fresco en el foyer de líneas finas sesgadas] cuál era la geometría que inspiraba el edificio”, reflexiona, 53 años después de su diseño, el arquitecto Rafael Moneo. Y los relieves de Francisco López fueron un guiño a la prosperidad simbólica de los naranjos que pedía el banco. La naturaleza entraba en una fachada abstracta.