Desde hace algo más de un año, en Cifuentes crecen las esculturas como los enebrales se multiplican valle abajo. Una ha brotado en la plaza, otra se encara al castillo plantada en un otero y una tercera parece ponerle puertas al campo frente al pantano de La Tajera que embalsa el río Tajuña. Las hay incluso coronando el viejo silo, como la guinda en una tarta. Gigantes de acero, roca y madera recortados contra el paisaje castellano-manchego. En el pueblo se van acostumbrando, aunque algunos vecinos elucubran: “Ya sé de qué va esto, que lo he buscado en Google. Es satanismo”, aventuró un día el pescadero a la vista de la monumental crátera localizada ante la iglesia de El Salvador que con su ...

forma de campana invertida alimentaba la teoría diabólica. “Se parece bastante a vivir en Amanece, que no es poco. Somos como los americanos de la película, una situación entre el surrealismo y el absurdo”, dice riendo ahora Juan Garaizabal, el artista que está sembrando el páramo alcarreño de arte conceptual.

Sorprende encontrar al arquitecto de las memorias urbanas mimetizado en el entorno rural. Garaizabal (Madrid, 54 años) es ese mago que practica el arte de la reaparición, empeñado en llenar los vacíos históricamente significativos de las grandes urbes con el esbozo metálico de lo que una vez fue. Un templo en Shanghái, una barriada en Bucarest, una basílica bohemia en Berlín, unos jardines en París, un balcón en Miami mirando a La Habana, fantasmas del pasado delineados en acero inoxidable que reclaman los espacios que ocuparon tiempo ha. “Creo en la energía de lo extraordinario. Cuando recupero una memoria urbana, devuelvo algo que ha sido excepcional en un momento dado. Yo lo rememoro con un elemento de aventura, de salto, que se note el desafío. La reconstrucción literal de lo que ya existió no me interesa”, explica a propósito de un proyecto que empezó en 2007 y le ha valido premios y aclamación en todo el mundo, también entre los coleccionistas de arte contemporáneo.