La escultura es eso con lo que nos tropezamos cuando damos unos pasos atrás para ver mejor una pintura: hay que reconocer que la maldad famosa, supuestamente dicha por el pintor Barnett Newman en los sesenta, es divertida. Pero también atrabiliaria. Y como cualquier frivolidad, delata una ansiedad: la de un reinado de hombres pintores, muy hombres y muy pintores, que por esos años llegaba a su fin. Justo entonces el trabajo de Eva Hesse, de Carol Rama o de

pais.com/noticias/louise-bourgeois/" target="_blank" rel="noreferrer" title="https://elpais.com/noticias/louise-bourgeois/" data-link-track-dtm="">Louise Bourgeois, más o menos secreto por aquellos años, estaba ampliando los límites de la escultura y emborronando la divisoria con la pintura; y faltaban pocos años para que Rosalind Krauss expandiese el campo de la disciplina hasta hacerlo felizmente inabarcable. Las preguntas de aquella generación, por otra parte, siguen siendo en 2025 las mismas: ¿Qué es la escultura? ¿Dónde empieza y dónde acaba? ¿Con qué se hace? ¿Para qué?

En España, un puñado excepcional de escultoras rondando los 40 lleva años dando forma a un corpus común de obras y discursos de una variedad y una calidad de grupo como no se veía por aquí desde los ochenta. También moldean carreras globales de un alcance y un poderío inéditos, a las que ahora se añade este jalón y pica en Flandes de su primera colectiva como grupo en esta Heavy Hitters en Tarmak22, el centro de arte fundado por otra española, Antonia Crespí, en las instalaciones del aeropuerto de Gstaad: puerta de acceso al codiciado valle alpino que podría considerarse la Suiza de Suiza, y tarjeta de presentación en una plaza y un mercado particularmente exclusivos.