Una muestra en Málaga relee la obra del pintor tomando como eje el óleo ‘Estudio con cabeza de yeso’ y recorre las variaciones de sus motivos, de sombras a máscaras, a través de los años
Sabemos que la modernidad en el arte, en el cine, incluso en el psicoanálisis, deriva de una contradicción: la vérité romanesque (la verdad novelesca). Convertida en un espacio visual unificado, la obra se ofrece como escenario donde recomponer los acontecimientos, los significados, el espectáculo de la memoria. Todo cuenta, incluido lo que no se ve. Entonces, asoman algunos comisarios y/o semiólogos que conceden nuevas funciones y sentidos a un determinado cuadro, sacando a la luz materiales, organizándolos de manera diferente, postulando tesis y narraciones sorprendentes. ...
En este sentido, la exposición Picasso Memoria y Deseo, que firma el historiador Eugenio Carmona, es de un atrevimiento extraordinario. No se centra en la cuestión canónica de los mundos visionarios del genio sino en poder mirar una de sus pinturas, Estudio con cabeza de yeso (1925), como si estuviéramos en una sala de cine, con los códigos propios de una narración y una perspectiva a la medida del deseo.
De entrada, irrumpimos en las salas del Museo Picasso de Málaga, imprevista y agradablemente pintadas de azul noche, arrastrados por la progresión de una propuesta ambigua y circular, articulada a partir del mencionado cuadro, al que acompañan 110 obras de Picasso y otros artistas coetáneos, entre pinturas, dibujos, fotografías, esculturas, películas y revistas, deslizándose unas sobre otras como metáforas y metonimias. Ocurre ya desde la frase del título (sin puntuación), donde “Picasso” es el sujeto que articula “Memoria y Deseo” en dos conceptos como dos apellidos (Ramón y Cajal, Pi i Margall) exclusivos de una única subjetividad. Todo está preparado para el ejercicio escopofílico: la memoria no es pasado, vive en el presente, es el impulso vital que supuestamente proyecta el deseo del artista —y del espectador— en lo representado.






