No importa demasiado de qué depende la escultura hoy, pero seguro que no se trata de volumen, peso y equilibrio. Su gran transformación en los últimos 100 años es el paso de una forma cerrada a una abierta, de un repertorio tradicional (un rostro, un torso, un cuerpo entero) a un conjunto de códigos expresivos, yuxtaposiciones de tiempos, espacios y dimensiones que además conceden libertad al público para que, en lugar de observar distraídamente la obra, se comporte él mismo como una arquitectura viva, valiéndose —si fuera el caso— de otros objetos o tecnologías coreográficas.
Surgen así cuestiones nuevas y trascendentales para entender esa impresionante odisea de un medio del que, sin exagerar mucho, se puede afirmar que es su autor el que crea al espectador ideal. A saber, ¿de qué modo existen nuestros cuerpos en el contexto escultórico? ¿Cómo relacionar formalismo con acción corporal? ¿Dónde termina la performatividad del visitante y qué le diferencia de ser público masivo o audiencia? Y una última, no menos importante: ¿cómo construimos belleza?
Ningún artista que trabaje con estos interrogantes puede ser constreñido a las salas duras e imperturbables de un museo clásico. A no ser que ese museo esté en proceso de metamorfosis, como es el caso del Bellas Artes de Bilbao. Estimulado por la renovación de las salas del edificio antiguo, que reabrirán el próximo otoño, y su ensanchamiento en la cubierta con la galería Agravitas (diseñada por Norman Foster y Luis María Uriarte), la institución prevé convertirse en mariposa en 2026. Y es este impasse lo que ha permitido a su director, Miguel Zugaza, cuestionar y ampliar a través de pequeñas exposiciones de fondos, préstamos y proyectos específicos, las nociones relacionadas con la obra de arte, la autoría, la interpretación, el género, la técnica y la producción.






