Trabajar desde la imaginación es siempre un trabajo desde los bordes. Las ideas aparecen y desaparecen con la misma velocidad en que las cosas son y no son al mismo tiempo. Pasa igual con las metáforas. Por eso son tan poderosas, porque tienen la capacidad de activar fuerzas desde lugares oscilantes. Ahí, Isidoro Valcárcel Medina (Murcia, 1937) se mueve como nadie. Hacer una exposición que sea una conversación entre desconocidos. Pedirle al Gobierno que defina qué es el arte. Rellenar un formulario oficial con datos poéticos. Decir una frase a alguien y marcharse. Crear un recorrido que solo existe mientras lo caminas. Creer en una forma de caminar acorde a lo que uno quiere contar, siempre saliéndose del camino fijado. Querer hacer algo. Celebrar el movimiento de esa idea. Cumplir, por encima de todo, con ese compromiso personal.

El artista parece caminar en círculos mientras piensa dónde acaba el arte y empieza la vida, si es que hay separación posible entre uno y la otra. El camino viene a ser siempre el mismo, aunque con cada vuelta parece amplía su campo de acción frente a las mismas inquietudes. Un cuerpo en movimiento que sigue poniendo en cuestión normas sociales y territoriales. Todo está lleno de paradojas perceptivas. A sus 88 años, Valcárcel Medina sigue viviendo en gerundio, temporalidad que implica existir en tránsito, en transformación continua, una forma de enfrentarse al mundo sin quedarse fijo. Es la postura de aquellos que tratan de profanar lo irrefutable, aquellos que creen que en el fracaso bien entendido hay un éxito seguro.