Visitamos en Salzburgo a uno de los grandes creadores plásticos vivos. A sus 87 años sigue pintando cada día. El Museo de Bellas Artes de Bilbao expone su obra reciente

Georg Baselitz se sube al carrito de golf vestido con la gorra y el mono de trabajo manchado de pintura. Pisa el acelerador. Baja por la pendiente desde el chalé en esta región de lagos y verdes colinas, cerca de Salzburgo. Se detiene frente a una cabaña de madera: su taller. Le ayudan a bajar del carrito y entonces entra y se sienta en una silla de oficina con ruedas con la que se moverá entre las telas de 4,70 metros de altura y 2,50 de anchura, extendidas por el suelo. Los botes de pintu...

ra y los pinceles están en un carrito con ruedas. Así pasa horas, habitualmente por las mañanas, infatigable a los 87 años, aunque hace tiempo que, si quisiera, podría haberlo dejado todo. Podría haberse dicho que ya no necesitaba más, que los grandes museos le dedican retrospectivas, los críticos le conceden sesudos estudios, sus obras cuelgan de los palacios del poder y es el momento de jubilarse. No. Pese a la fama y los honores, él se ve aún como un marginal, un aguafiestas, un provocador o, como dirá durante esta conversación con El País Semanal, “un charlatán”.