Un signo que define a un autor como excepcional es que su obra posee una originalidad y un genio que nunca acabamos de asimilar; al revés, nos asimila, al espectador que la percibe y al artista que tiempo después interpreta (o traiciona) aquello que ya es tradición. Bastante a menudo, la inventiva de un precursor aparece gobernada por la contingencia. Pensemos en Goya, pintor de desarrollo tardío, clave de la Ilustración, que la crítica mudó en protomoderno, protorromántico, protorrealista, protosurrealista (invocado por Dalí y Buñuel), existencialista y hasta feminista. Todo esto fue y es, porque todo en su pintura alcanza nuestro presente.
Aparte de ser hijo de un maestro artesano, de su infancia nada hacía presagiar que acabaría como pintor de la corte. Cuenta su biógrafo Janis Tomlinson que, siendo muy joven, mientras cargaba un saco de trigo camino a un molino cercano a Fuendetodos, se detuvo a descansar y, canturreando, dibujó con un pedacito de carbón la silueta de un cerdo sobre un muro de cal. Por allí pasaba un monje, que maravillado ante el grafiti del gorrino hizo los arreglos necesarios para llevar al muchacho a Zaragoza, donde le introduciría en el poderoso mundo del patronazgo cortesano. Contrariamente al veleidoso destino, las pasiones nunca son arbitrarias. En su primer viaje a Italia, Goya fue en busca de los maestros del Renacimiento y el Barroco, se sintió atraído por El Bosco, Tiépolo y Piranesi. La pintura que admiró y estudió alimentó su fuerza de pensamiento y manera de obrar, como si éstas hubieran nacido con él.






