La Fundación Mapfre dedica su primera exposición pictórica del año al pintor sueco, referente del arte de finales del siglo XIX y principios del XX y luego relegado de los relatos modernos
Al llegar a la recepción de su hotel en alguno de sus múltiples viajes a Estados Unidos —lo contó el ya desaparecido Chicago Chronicle en un texto de 1890—, el personal le preguntó al entonces muy reconocido pintor sueco Anders Zorn (1860-1920) sobre sus orígenes. El joven y pálido bigotón se volteó a su séquito y preguntó: “¿De dónde vengo?“. Alguien sugirió catalogarlo como un hombre ”de todas partes“, pero la propuesta fue rechazada. Zorn se dirigió al empleado y contestó: “De ninguna parte”. No era mala respuesta para describir a un tipo cosmopolita que había recorrido el mundo, de Egipto a Rusia, de Palestina a París, de Centroamérica a Turquía. Y, sin embargo, lo más seductor de...
su apasionante vida fue su fidelidad a un pasado campesino y rural que cualquier otro artista en su posición elitista hubiera ocultado. Esa dualidad, que lo llevó a ser descrito por su círculo como “mitad caballero, mitad campesino”, impregna una obra, durante décadas olvidada, que ahora protagoniza la primera muestra pictórica del año en la sede madrileña de la Fundación Mapfre: Recorrer el mundo, recordar la historia.






