De Nueva York a Bilbao, los centros de arte ensanchan sus límites para preservar su centralidad y ampliar visitantes, aunque no sin grandes costes materiales y simbólicos
En la república de los museos crecientes, no había decisión arquitectónica que no fuera superstición. Se ampliaban por temor a la insignificancia, como si los metros cuadrados garantizaran la posteridad. Al edificio original se sumaban alas de vidrio, terrazas panorámicas, lujosos bazares. El director del museo, gozoso de las estadísticas, soñaba con un archivo total, una cartografía exacta del deseo cultural. Registró cada pieza, cada documento; los visitantes, sus miradas y sus selfis, las compras, los pasos sobre el pavimento. ...
Cada añadido exigía más vitrinas, salas para proteger los planos y las maquetas de futuras ampliaciones, también para conservar los proyectos de ampliación descartados. Poco a poco, el museo absorbió bibliotecas, colegios, un zoológico. Cuando alcanzó la costa, las autoridades impusieron restricciones, pero fue en vano. El museo ya había inaugurado una sección subacuática dedicada a las ordenanzas municipales, y otra, más amplia, a las tentativas fallidas de contenerlo, ubicadas estratégicamente junto al departamento de teología y relatos fantásticos escritos por los críticos de arte.






