El trajín dentro del taller de arte poco tiene que envidiar al de la cocina de un restaurante en hora punta. No hay fogones, ni cuchillos, sino lienzos y pinceles. Una veintena de artistas centran su interés en lo que tienen entre manos, varios diseños para un cartel del concurso de putxeras de Balmaseda (Bizkaia). Algunos están en fase de aprendizaje, explorando técnicas y materiales; otros ya han comenzado su recorrido profesional. Sin embargo, todos están considerados como artistas marginales por un hecho que no interfiere en el resultado final de sus trabajos: tienen una discapacidad psíquica o intelectual.
El espacio se llama Nahiarte y promueve la inclusión de este colectivo en puestos de trabajo creativos. “Incluso en el mundo del arte, donde supuestamente la libertad y la originalidad son valores fundamentales, sigue habiendo una exclusión implícita de quienes no se ajustan a los códigos dominantes”, denuncia una de sus socias cofundadoras. Ana Urgoiti echa en falta un “reconocimiento social” hacia estos artistas y, hasta llegar a ese punto, “nos toca mediar, sensibilizando y mostrando su capacidad artística”.
Ahora, han cogido la brocha gorda con decisión y organizado el primer congreso outsider celebrado en España, con presencia de una docena de centros de todo el país, donde han reflexionado y elaborado un informe de buenas prácticas en este sector artístico. Con esto, han sentado las bases de una federación que impulse el arte fuera de los límites convencionales para, después, pedir al Ministerio de Cultura un compromiso de políticas públicas en la mejora de su situación.






