A finales de los años sesenta, Galicia llevaba el peso de la vanguardia sobre sus hombros. Mientras la fábrica de Sargadalos se convertía en una suerte de Bauhaus acogiendo las instalaciones de figuras internacionales como Eddy Varekamp y Norman Trapman, los intelectuales Isaac Díaz Pardo e Luís Seoane pondrían a pleno rendimiento el Laboratorio de Formas, el proyecto que impulsó el resurgir de la identidad cultural y social de la región, y que dio pie a un importante museo de arte contemporáneo en A Coruña. En ese contexto de efervescencia creativa que alimentaron artistas como Castelao –impulsor del Movimiento Renovador en el arte gallego– o el posterior Grupo Atlántica, la ciudad de Pontevedra no se quedó atrás, y dio a España su primera bienal de arte contemporáneo.
Su museo provincial creado en 1927, que recibió el apodo de pequeño Prado, supo colmar las expectativas creativas de su entorno con una colección engrosada por las aportaciones de José Fernández López, el fundador de Pescanova y ávido coleccionista de arte. La creación de una plataforma impulsada por la Diputación para que abordara los nuevos caminos que tomaba el sector, enardecido por la apertura del régimen franquista, parecía un paso lógico y necesario, que inauguró su primera edición en 1969.






