Por encima circulan colectivos, bicicletas, turistas y oficinistas que apuran el paso entre las peatonales Florida y Reconquista. Los edificios vidriados reflejan una ciudad que intenta recuperar el pulso del centro porteño. Hay bares nuevos, veredas ensanchadas y proyectos para volver a poblar un barrio que durante décadas fue el corazón financiero de la Argentina. Sin embargo, bajo la capa de asfalto y hormigón de calles como Perú, Bolívar o Defensa, late un laberinto de secretos donde el tiempo se detuvo siglos atrás. Allí donde hoy funcionan oficinas y comercios, la tierra guarda estratos superpuestos de la antigua aldea colonial ¿Qué queda de aquella Buenos Aires de virreyes, jesuitas y casas de adobe? Resulta que debajo de las calles que hoy recorren miles de personas cada día todavía permanecen intactas capas enteras de la Buenos Aires colonial: ladrillos, túneles, cerámicas rotas, huesos de animales, pozos de basura doméstica y objetos cotidianos que alguien perdió hace doscientos o trescientos años terminarían contando una historia.

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