Las luces sobre el campo de fútbol contrastan con la oscuridad que sepulta a la ciudad. Son las once de la noche del viernes y en el parque de Astoria, en el distrito de Queens, centenares de jóvenes —la inmensa mayoría hombres— juegan sobre un inmenso césped. Adam lleva tiempo viniendo aquí a entrenar. Antes, se iba a casa en cuanto empezaba a oscurecer. Pero desde que en junio se puso en marcha la iniciativa del alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, de abrir durante toda la noche cinco campos, uno por cada distrito de la ciudad, sus jornadas de deporte se alargan hasta las dos, tres o cuatro de la madrugada. Básicamente, hasta que él y sus amigos no pueden más. “El Mundial ha traído nuevos aficionados al fútbol, algo de lo que me alegro mucho”, asegura este estudiante de Ingeniería Espacial de 18 años. Faltan apenas unas horas para la final del campeonato y aquí todo el mundo parece esperar esa fecha como un momento mágico. Tras la borrachera de felicidad que Nueva York vivió con la victoria de los Knicks en la NBA, en las últimas semanas ha llegado el enamoramiento de lo que aquí llaman soccer.La historia de amor con el fútbol podrá acabar pronto, pero es innegable que ha ocurrido. Más de 15 millones de espectadores vieron en Estados Unidos en Fox Sports la semifinal en la que Argentina ganó a Inglaterra, un récord absoluto en la historia de los mundiales que batió la marca que solo un día antes había logrado el España-Francia, con una media de 11,4 millones. Hay otro récord que está a punto de conquistar este Mundial, pero en este caso más negativo, que muestra la cada vez mayor dificultad para conseguir entradas si uno no es millonario. El viernes se pagaba una media de 12.750 dólares por un billete para la final, 2.000 más que la Superbowl de 2024, hasta ahora en la cúspide de los eventos más deportivos más caros. La FIFA calculaba antes del torneo que el evento inyectaría en la economía de Nueva York y Nueva Jersey unos 3.300 millones de dólares, con la previsible llegada de 1,2 millones de personas a la región.Pese a esta borrachera de números, expertos como Stefan Szymanski dudan de que la pasión de estos días vaya a continuar una vez termine la final del domingo. “El efecto a largo plazo va a ser mínimo. El fútbol ya es un deporte de masas en Estados Unidos. Es un mito eso de que la gente no lo conozca. Lo que no ha conseguido es pasar al siguiente nivel, capturar la imaginación de la población, y que esta reclame más y más, como sí pasa en el resto del mundo”, asegura en una videollamada. Szymanski, autor de libros como El fútbol es así (Soccernomics) y profesor de Gestión Deportiva en la Universidad de Míchigan, señala un factor que considera clave para explicar por qué este Mundial no va a impulsar la pasión del estadounidense medio por el deporte considerado rey en el resto del mundo: el papel muy discreto desempeñado por su selección, que quedó sepultada por Bélgica, con un humillante 1-4, en octavos de final. “Las expectativas eran muy altas, y lo que ofrecieron los jugadores fue un desastre. El mensaje que enviaron es que no son buenos en este deporte, que no hay esperanza. Y a la gente aquí no les gustan los perdedores”.En Nueva York, el abanderado del romance ha sido Mamdani. Conocido hincha del Arsenal -hizo furor en mayo al aparecer con una camiseta del equipo londinense-, el alcalde se ha volcado en la promoción del fútbol en un país donde, aunque todo el mundo conozca este deporte, la pasión se reserva para el fútbol americano, el baloncesto y el béisbol. Mamdani y 100 presosAparte de gestos como ir a la prisión Rikers Island para ver la semifinal entre Inglaterra y Argentina con 100 presos premiados por su buena conducta, Mamdani ha impulsado medidas como los campos abiertos por la noche en Manhattan, Brooklyn, Bronk, Queens y Staten Island. O el sorteo de 1.000 entradas para el Mundial a 50 dólares, incluido el autobús de ida y vuelta al Metlife Stadium de Nueva Jersey. O el programa Soccer Streets, que desde mayo y junio transformó las calles adyacentes a 50 escuelas de la ciudad en campos de fútbol y zonas de juego en las que, libres de coches, los escolares pudieran jugar partidos, entrenar y realizar actividades como pintar las banderas de las distintas selecciones. Pero no ha sido solo el alcalde. Muchos de los 8,5 millones de neoyorquinos también se han volcado con el fútbol. Los bares de la ciudad que retransmitían los partidos han registrado llenos. Es imposible cuantificar las cifras de ingresos, pero los dueños de locales en distintas zonas de la ciudad han desfilado estos días por los medios de comunicación hablando de incrementos de ventas en el entorno del 20% o 30%. “Entre las victorias de los Knicks y el Mundial, hemos casi multiplicado por dos las ventas, lo que es todo un logro”, aseguraba a CBS News Andrew Morinelli, el gerente de un bar en el barrio de Astoria, en Queens, que en los meses anteriores había invertido en la compra de pantallas de televisión más grandes.
Nueva York se enamora del fútbol… no se sabe por cuánto tiempo
La ciudad acoge el Mundial con medidas innovadoras: campos abiertos toda la noche, una población volcada y récords de audiencia













