El golpe del 17-18 de julio de 1936 obedece a la conjunción de dos tramas o conspiraciones. Por un lado, estaría la conspiración civil y militar que había surgido con el propio nacimiento de la República y que tuvo su gran protagonismo con la Sanjurjada de 1932, de fuerte raigambre monárquica alfonsina.

Por otro lado, habría una conspiración puramente militar que nacería después y que, en principio, no tenía tanta carga ideológica como la otra. Dado el escaso éxito de la primera vía terminó por imponerse la conspiración militar pura, aunque incorporando a los elementos civiles, pero siempre en una posición subalterna. Los militares capitanearon la trama y no permitieron durante su preparación que los civiles tuvieran el protagonismo de antaño. Pero como, en realidad, el golpe fracasó, porque no se consiguió tomar el poder del Estado, los militares tuvieron que replantear sus relaciones con los elementos civiles afines, especialmente al ser conscientes de que necesitaban apoyos de sus organizaciones porque podían movilizar a las masas en la causa común. Esa es la causa de que las organizaciones carlistas y, sobre todo, la Falange, comenzaran a tener una participación muy destacada ya en los inicios de la Guerra Civil. La jerarquía eclesiástica, gran movilizadora de masas, también prestaría su valiosa aportación al bando sublevado después de comenzada la contienda.