El golpe de Estado que impulsaron Mola, Franco y compañía fracasó en julio de 1936. El plan de liquidar a la República de forma fulminante chocó con una fuerte resistencia, y a partir de entonces estalló por todas partes una violencia salvaje y desordenada. En cada pueblo en el que no se había impuesto claramente uno de los bandos se produjo una minúscula guerra civil en miniatura. El desgarro se produjo en el interior de las familias. Uno de los testimonios que recoge Ronald Fraser en Recuérdalo tú y recuérdalo a otros (Crítica) es el de un oficial de Estado Mayor que trabajaba en el Ministerio de Guerra. Tenía claro que su deber era servir al Gobierno legalmente constituido. “Al mismo tiempo, sabía que su hermano, oficial como él, se hallaba en la zona insurgente”. No había pasado demasiado tiempo y ya estaba claro lo que los rebeldes habían conseguido: partir un país en dos —unos hermanos contra otros— e iniciar una larga y devastadora guerra.Fue en los meses de verano de 1936 cuando, bajo un calor sofocante, los españoles empezaron a matarse unos a otros con una furia desalmada. Han pasado 90 años ya de aquello y son ya muy pocos los españoles que estuvieron ahí y que todavía viven. Y los que quedan eran en esos días muy pequeños. Por eso el libro de Fraser permite recuperar hoy, como si las cosas hubieran ocurrido anteayer, las historias de quienes padecieron aquel viaje al infierno. En los años setenta, Fraser realizó más de 300 entrevistas — a terratenientes y campesinos, obreros y empresarios, estudiantes, sacerdotes, mineros, soldados, militantes de partidos y sindicatos, etcétera—, y a partir de esos testimonios reconstruyó cómo ocurrieron las cosas a ras de suelo durante los años que duró aquel cataclismo.Al volver sobre aquel verano en la que empezó todo, llaman la atención las distintas motivaciones con las que cada cual combatía por una causa. Y la intensidad del compromiso, menor o mayor, que se adquiría y que variaba según la zona y la capacidad que tenían los líderes para imponer la disciplina. El caos era la norma. Los milicianos de Madrid se organizaban cada día para acercarse a Guadarrama a pelear contra el enemigo. Salían por la mañana, volvían por la tarde. “Un chico de 14 años, del barrio obrero de Lavapiés, tenía grabada en la memoria aquella escena cotidiana”, escribe Fraser. Los llamaban por sus nombres y salían de sus casas con el fusil en la mano. “Debajo del otro brazo llevaban la comida que la esposa les había preparado”. Algunos no regresaban. En el otro lado, un estudiante monárquico se apuntó en Salamanca a irse con las fuerzas que se dirigían a conquistar Madrid. Cuando había refriega, estaba atemorizado. “El ruido de los disparos de mi fusil me producía un agudo malestar físico”. A los tres o cuatro días, empezó a hartarse. “Teníamos pulgas. Pasábamos frío”. Así que pasó un camión de suministros, y se subió a él para volver a casa. Un obrero metalúrgico que iba con las fuerzas de la CNT a recuperar Zaragoza, que había quedado en manos de los rebeldes, le explica a Fraser: “Nos importaba un comino la república. Lo único que nos importaba era la revolución”. Así sucedían las cosas en el verano de 1936. Todavía la guerra estaba en pañales pero la muerte ya marcaba las horas de una población gobernada por el miedo. En los distintos frentes se combatía; en la retaguardia empezaron los ajustes de cuentas y la carnicería gratuita y asesina. Recuérdalo tú y recuérdalo a otros es un verso de Luis Cernuda. Sigue siendo una tarea necesaria (y dolorosa).
Recuerda el verano de 1936
Las voces que recogió el historiador Ronald Fraser en su libro sobre la Guerra Civil permiten reconstruir el clima en el que los españoles aprendieron a matarse






