El general Mola, que estuvo en los inicicios al frente del golpe de Estado que dio un grupo de militares hace noventa años para acabar con la República, es muy claro en sus instrucciones: “Es necesario propagar una atmósfera de terror”. El plan era fusilar a cualquiera que fuera “abierta o secretamente defensor del Frente Popular”. Y así empezó todo. La República aguantó, y lo que pretendía ser una simple asonada que acabara de forma rápida con un Gobierno democrático se convirtió en una larga guerra. Cuenta Manuel Chaves Nogales en A sangre y fuego (Espasa) que Mola dijo por la radio en aquellos días “que sobre Madrid avanzaban cuatro columnas de fuerzas nacionalistas, pero que además contaba con una ‘quinta columna’ en Madrid mismo que sería la que más eficazmente contribuiría a la conquista de la capital”. El periodista y escritor sevillano que tan bien supo contar aquellos años en los que el terror dominó España, en primer lugar y más tarde Europa y el mundo entero, añade después un comentario que pone los pelos de punta: “Pocas veces una simple frase ha costado más vidas”.En los relatos que Chaves Nogales reunió en ese libro, y que tenía ya escritos en los primeros meses de 1937, cuenta lo que ocurrió en las primeras semanas en las que se desató aquel vendaval de violencia. Y lo que muestra es una brutalidad casi artesanal, hecha por unos torpes personajes que ni siquiera conocían bien los instrumentos que manejaban —sus armas—, y en los que la urgencia de matar se impuso como una peste, como un veneno. Casi todos se vieron sorprendidos por la guerra y, de un minuto a otro, muchos se definieron para salvar el pellejo. En una de las piezas se refiere a un grupo de milicianos que encontró en la cuesta de las Perdices de Madrid un nido de espías que transmitía información a los rebeldes y a los que consiguieron reducir. “Allí mismo, de cara a la pared, los fusilaron”, apunta. “Tuvieron que estar tirando sobre ellos durante un rato porque no les acertaban. ¡Qué trabajo costó que se murieran!”.Cada uno de los episodios de las “nueve alucinantes novelas”, así las clasifica Chaves Nogales, “está extraído fielmente de un hecho rigurosamente verídico”, explica el escritor en la presentación. La atmósfera es terrible, llena sobre todo de miedo, y alentada por palabras frívolas de los embajadores del terror que empujaban a matar, a matar y a matar. Mataban los milicianos que perseguían a los quintacolumnistas, pero mataban también escuadrillas de radicales que, amparados en la verborrea revolucionaria, se llevaban por delante a quien estimaran sospechoso. Mataban también los falangistas que, en Sevilla, salían a buscar rojos para cazarlos y exterminarlos como si fueran alimañas. Y mataban las bombas que lanzaban sobre las ciudades los aviones de las fuerzas rebeldes.Así la violencia de aquellos días. Sirven los tópicos: ciega, arbitraria, caótica, brutal, y (lo dicho) chapucera. Chaves Nogales muestra cómo aquel horror fue normalizándose. Y habla de los restos de una bandera del Tercio que luchaba en los alrededores de Madrid y que llega a Valladolid: “La gente pacífica y cobarde de la ciudad veía pasar con embeleso a los famosos guerreros de la Legión, cuya legendaria ferocidad provocaba una extraña sensación de miedo y seguridad”. Y comenta que aquellos legionarios “habían sustituido el asta de su bandera por una hecha con tibias de seres humanos engarzadas”. Noventa años después del inicio de la Guerra Civil solo sirven un par de palabras. Nunca más.
Los primeros días de la Guerra Civil española
La llamada a propagar el terror formó parte del plan de quienes dieron el golpe de Estado a la República hace 90 años, y la violencia efectivamente lo llenó todo











