El destino de Sevilla el 18 de julio de 1936, hace ahora 90 años, se decidió en unas pocas horas. La ciudad en la que la mitad de los trabajadores estaban sindicados y en la que había un aplastante apoyo a las fuerzas de izquierda era considerada por los golpistas que el día antes sublevaron al Ejército de África como una de las plazas más difíciles de tomar. Pese a ello, Sevilla la Roja cayó a una velocidad meteórica, salvando así a los franquistas del hundimiento al darles la llave para establecer su mejor base en la España peninsular.
A todo ello ayudó el juego de tretas que desplegó el que a partir de ese momento sería el líder de los sublevados en el sur: el general Gonzalo Queipo de Llano, luego apodado el virrey de Andalucía. Y como en todo alzamiento, la suerte también jugó su papel, con tres momentos que cimentaron las opciones de unos golpistas que se desplegaron en una ciudad amodorrada a la hora de la siesta. Pero por encima de todo, la acelerada toma de la capital responde a un plan operativo muy bien diseñado que se empezó a pergeñar en febrero de 1936, al día siguiente como quien dice de la inesperada victoria del Frente Popular.
“Queipo no organiza nada del golpe en Sevilla, es un golpista de ultimísima hora” al que le endilgaron la tarea de alzarse desde Sevilla, “que no era plato de gusto”, apunta Leandro Álvarez Rey, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla, que recuerda que el por entonces inspector general de Carabineros llevaba años alardeando de su republicanismo. Esto produjo no poca confusión entre los sublevados en Sevilla, que no terminaban de fiarse de este “espadón republicano” y para más inri consuegro de Niceto Alcalá Zamora, hasta abril presidente de la República.












