Durante un mes, millones de desconocidos sienten exactamente lo mismo al mismo tiempo, sin que nadie lo ordene. ¿Por qué se necesita tan poco pretexto para sentirse parte de algo? ¿Qué grietas deja ver esa unión y por qué, cuando termina, tantos sienten un vacío que excede la simple ausencia de partidos de fútbol?En noviembre, sobre los campos de Escocia e Irlanda, pero también en los cielos de Roma, ocurre un fenómeno que los científicos todavía no se terminan de explicar. Decenas de miles de estorninos se elevan al atardecer y forman una nube que se pliega, se estira y gira sobre sí misma como un único organismo. Nadie dirige la coreografía. Ningún pájaro líder emite una orden. El físico Andrea Cavagna y la bióloga Irene Giardina, de la Universidad Sapienza de Roma, dedicaron años a filmar esas bandadas con cámaras de alta velocidad para entender la mecánica del prodigio, y publicaron en la revista PNAS un hallazgo que cambió la manera de pensar el comportamiento colectivo: cada ave ajusta su vuelo observando apenas a sus siete vecinas más cercanas, y de esa regla mínima, repetida miles de veces por segundo, emerge una figura gigantesca, sincronizada, que parece tener voluntad propia. Se llama murmuración, y funciona sin jefe, sin plan y sin comité organizador.Algo parecido, aunque con otra escala de asombro, sucede cada cuatro años entre los humanos. Durante un mes, millones de personas que jamás se cruzarán en la vida sienten exactamente lo mismo en el mismo instante: idéntico salto en el pecho ante un remate al arco, el mismo silencio antes de un penal, la misma euforia multiplicada por millones de livings, bares y plazas. Nadie coordina esa sincronía. Ningún organismo emite instrucciones sobre qué sentir ni cuándo. Sin embargo ocurre, puntual, cada vez que empieza un Mundial.La escala del fenómeno resulta difícil de dimensionar. La final de Qatar 2022 entre Argentina y Francia alcanzó un alcance global cercano a los 1420 millones de espectadores, según el informe oficial de audiencia publicado por la FIFA, y el conjunto del torneo llegó a comprometer a cinco mil millones de personas a través de las distintas plataformas de consumo. Traducido de otra manera: durante el minuto en que Lionel Messi levantó la copa, más personas compartieron una misma emoción que las que hablan español, inglés y portugués juntos. Pocos fenómenos contemporáneos, por fuera de una guerra o una pandemia, logran producir algo así, y ninguno lo hace con la levedad y la alegría de un Mundial.Una multitud en el Obelisco, tras el triunfo del miércoles ante InglaterraNicolas SuarezPablo Alabarces, sociólogo y ensayista especializado en cultura popular y fútbol, sostiene que la clave del fenómeno reside en un acuerdo tácito que se firma sin letra chica. “El Mundial es una ficción increíble pero en la que todo el mundo cree -dice-, según la cual esos veintiséis muchachos representan a la nación, y ese pacto consiste en creer en ella y después invertir afecto: depositás expectativa, fantasía, deseo, alegría, aunque eso jamás le garantiza la felicidad a nadie”. El sociólogo evita, de manera deliberada, la palabra que el sentido común usaría para describir ese vínculo. ”La odio porque está insoportablemente utilizada por el marketing, que te vende cualquier producto vestido con la palabra pasión”, agrega, aunque reconoce que “existe, en efecto, una inversión emocional genuina detrás del ritual”.Emile Durkheim, el fundador de la sociología moderna, había descrito, ya en 1912, en Las formas elementales de la vida religiosa, un mecanismo semejante bajo el nombre de efervescencia colectiva: la energía que atraviesa a un grupo humano reunido en torno a un símbolo compartido, capaz de producir una sensación de trascendencia que ningún individuo podría alcanzar en soledad. Durkheim estudiaba rituales aborígenes australianos. Podría haber hecho a una cancha objeto de su análisis.El pacto invisibleAlabarces avanza sobre esa idea cuando describe qué tipo de comunidad construye el torneo. “Es el tipo de grupo perfecto, sin división, sin rupturas, en la que de pronto, milagrosamente, todos somos iguales, aunque sabemos perfectamente que al día siguiente dejamos de serlo: volvemos a ser hombres y mujeres, ricos y pobres, de etnias distintas, con memorias y trayectorias absolutamente diferentes. Se trata -aclara-, de una fantasía, aunque potente y honesta en su función. No pretendo despreciarla al llamarla fantasía, por el contrario, la revalorizo”.La misma fuerza que iguala también traza una frontera. Quien desconoce el código del offside, quien jamás sintió el nudo en la garganta de una definición por penales, permanece fuera de la ficción sin que nadie lo empuje, apenas porque el pacto lo deja afuera. Alabarces admite esa zona ciega sin dramatismo: “El que no le gusta el fútbol y no cree en esa ficción está al margen, y está bien que así sea”. Y distingue esa indiferencia silenciosa de “una hostilidad más reciente, motivada políticamente, contra futbolistas como Messi, que carece de relación con el juego y responde más bien a actitudes que le reprochan fuera de la cancha”.Alejandro Grimson, doctor en Antropología e investigador del Conicet, propone leer esas tensiones desde una paradoja histórica: “El Mundial es la realidad invertida: hace 48 años la Argentina inició el mayor retroceso relativo de su historia en indicadores económicos y sociales, y sin embargo, en esos mismos años, empezaron los mejores cincuenta años de la historia del fútbol argentino, con tres copas del mundo y los dos mejores jugadores del planeta. Esa inversión explica buena parte del magnetismo del torneo: mientras la política fragmenta, la camiseta celeste y blanca se ubica, durante algunas semanas, por encima de cualquier otra camiseta”.Festejos en Mar del Plata tras el partido entre Argentina y EgiptoMauro V. RizziGrimson también matiza la idea de una unidad sin fisuras. “Es cierto que hoy pareciera que no hay grietas -rescata-, pero eso se debe a los triunfos y a la ilusión del éxito, porque grietas siempre hubo: existió la discusión Maradona/Messi, antes existió Menotti/Bilardo, y esa es la misma pasión por la división que atraviesa la música o la política argentina. Pero también existe la pasión por la unión, aunque sea temporaria, aunque dure lo que un sueño”.Eduardo Sacheri, escritor e historiador que convirtió el fútbol en materia literaria, describe los sucesos desde el llano. “Lo que se juega en un Mundial es una experiencia de identidad compartida -advierte-, de un nosotros que la vida cotidiana no nos permite en otra situación, porque durante algunas semanas a todos nos interesa y preocupa lo mismo”. En su casa, agrega, esa homogeneidad resulta sencilla porque todos hinchan por el mismo club en el ámbito local, pero reconoce que el fútbol funciona como un revelador social: “Cuando jugamos nos exhibimos muy profundamente, mostramos lo bueno y lo malo de nosotros mismos, y eso convierte al fútbol en un buen banco de experimentación para conocer a fondo a otras personas”.La psicología social lleva décadas documentando ese doble filo. Henri Tajfel y John Turner formularon en 1979 la teoría de la identidad social, según la cual basta con dividir a un grupo de personas según un criterio arbitrario, hasta el color de una camiseta asignada al azar, para que aparezcan de inmediato preferencias hacia el propio grupo y desconfianza hacia el ajeno. El Mundial explota esa arquitectura mental a una escala descomunal, con la ventaja de que la pertenencia, en este caso, resulta gratuita: alcanza con nacer en determinado territorio o elegir un color para integrar el bando ganador.Los bares también fueron puntos de encuentro para seguir los partidos de la selecciónLUIS ROBAYO - AFPEl psicólogo social estadounidense Jonathan Haidt, de la Universidad de Nueva York, bautizó una versión contemporánea de ese mecanismo como “interruptor de la colmena”. Y lo definió así: “La capacidad humana de suspender, por momentos, el interés individual para fundirse en algo colectivo, como en el Mundial”. En su libro La mente de los justos describe a los hinchas universitarios estadounidenses cantando y balanceándose al unísono antes de un partido de fútbol americano como una escena de naturaleza casi religiosa. “Trascendemos el interés propio y nos perdemos en algo más grande que nosotros mismos -añade-. Ese estado produce una euforia comparable a la que reportan los veteranos de guerra al recordar sus meses de entrenamiento junto a sus compañeros de armas: la certeza breve, física, de formar parte de un cuerpo mayor”.Cuando el ritual terminaCuando el árbitro pita el final del último partido, tal como ocurrirá este fin de semana, la colmena se dispersa. Alabarces llama a lo que sigue síndrome pos Mundial, aunque matiza el diagnóstico: sostiene que el común de los mortales retoma su vida cotidiana casi de inmediato, mientras que el vacío golpea más fuerte a quienes se acostumbraron, durante cinco semanas, a presenciar el mejor fútbol del planeta. “¿Por qué disfruto de tan buen juego durante 45 días y tengo que ver fútbol tan malo los próximos cuatro años?”, resume entre la ironía y la resignación.Sacheri encuentra en esa sensación algo más cercano al duelo: “El vacío tiene que ver con que nos vamos desligando unos de otros y volvemos a nuestra individualidad necesaria -indica-. Aunque me parece lógico y hasta sano que una sociedad no pueda vivir siempre así. Se va deshilachando esa urdimbre que nos tuvo un mes unidos, y por eso, cuando el Mundial termina, salimos de una comunidad para volver cada uno a su casa. Ese se momento de despedida es también de duelo”.Grimson ofrece una explicación de raíz antropológica. “No se puede vivir dentro de un ritual, porque un ritual es ese momento específico y finito en el que las energías colectivas se conectan hasta puntos extraordinariamente intensos, y un día terminan -plantea-. Por eso se produce un vacío, pero también la ilusión de que la parte más maravillosa de esa historia vuelva a repetirse”. Compara el fenómeno con la lógica de otras fiestas populares, como el carnaval o los centenarios patrios: “Cuanto más intensa la celebración, más nítido el silencio que la sucede”.La literatura psicológica sobre el llamado letdown effect, descripto por el investigador estadounidense Jerome Suls por primera vez en 1977, documenta un patrón similar en otros terrenos: picos de malestar físico y anímico inmediatamente después de superar un período de tensión sostenida, cuando el organismo deja de necesitar el estado de alerta que lo sostuvo. Algo semejante parece atravesar a las sociedades futboleras apenas se apaga la última transmisión: durante un mes el cuerpo colectivo funcionó en un régimen de atención compartida excepcional, y su descenso produce una resaca que difícilmente se explique solo por la ausencia de partidos.¿Qué revela sobre el resto del año una sociedad capaz de emocionarse al unísono con tan poco pretexto? Alabarces se inclina por una lectura sobria: “La capacidad de construir comunidad por fuera del fútbol se atenuó”, aunque prefiere considerarla debilitada antes que perdida. Recuerda que la Argentina fue, junto con Uruguay, una de las sociedades más igualitarias y democráticas de América Latina. “Buena parte de esa vocación comunitaria sigue latente, a la espera de un cauce -dice-. La política hoy no sabe generar esa clase de encuentro, los liderazgos sociales tampoco, y los intelectuales, mucho menos; el fútbol todavía conserva esa capacidad porque ofrece una felicidad democrática, disponible para millones al mismo tiempo”.Sobre los campos de Escocia, cuando cae el sol, la murmuración también se disuelve. Cada estornino vuelve a volar solo, a buscar su propio alimento, a perder de vista a sus siete vecinos. Ninguna bandada permanece unida para siempre: esa sería, de hecho, la negación de su naturaleza. Pero al año siguiente, puntualmente, cuando la luz vuelve a bajar sobre los mismos campos, miles de pájaros que se olvidaron los unos de los otros durante meses vuelven a elevarse, y a plegarse en el cielo como si jamás se hubieran separado. Tal vez la sociedad futbolera funcione con esa misma física elemental: se dispersa, se distrae, discute, se pelea durante 1400 días, y sin embargo alcanza con que alguien patee una pelota en un estadio lejano para que millones de desconocidos, otra vez, sin que nadie lo ordene, empiecen a moverse juntos.