Hay personas que hoy van a organizar su agenda alrededor de un partido. Cancelarán reuniones, llegarán antes a su casa, repetirán alguna cábala que dicen no creer y vivirán noventa minutos con una intensidad difícil de explicar.Otras seguirán con su rutina. Trabajarán, aprovecharán que las calles están más tranquilas o simplemente no entenderán demasiado qué puede tener de apasionante perseguir una pelota. Ninguna de esas dos maneras de vivir el día vuelve a alguien más o menos argentino.Sin embargo, el Mundial deja al descubierto algo que trasciende al fútbol: nuestra necesidad de pertenecer.Vivimos en una época que celebra la individualidad. Elegimos qué escuchar, qué consumir, qué pensar, qué serie mirar y hasta qué noticias recibir. Los algoritmos nos conocen tan bien que construyen una experiencia distinta para cada uno. Nunca fue tan fácil vivir dentro de un universo personalizado. Como antídoto, crece la necesidad de encontrar espacios donde sentir que formamos parte de algo compartido.La psicología lleva décadas mostrando que el sentido de pertenencia no es un lujo emocional, es una necesidad humana profunda. Necesitamos sentirnos parte de una familia, un grupo de amigos, un barrio, una comunidad, un club o una causa. Esos vínculos fortalecen la confianza, reducen la sensación de aislamiento y contribuyen al bienestar.El sentido de pertenencia no es un lujo emocional, es una necesidad humana profundaGustavo Garello - APPor eso hoy vemos un renovado interés por experiencias que funcionan como rituales colectivos. No solo el Mundial. También los recitales multitudinarios, las comunidades de corredores, los clubes de lectura, los encuentros de vecinos, las peñas, los festivales o incluso las comunidades digitales donde personas que nunca se vieron encuentran un lenguaje común. Buscamos sentir que compartimos algo con otros.El poder del fútbolEl fútbol tiene una enorme capacidad para activar ese sentimiento con muchísima fuerza, aunque no hace falta emocionarse por las mismas cosas para sentirse parte de un mismo país. Muchas veces hablamos de “la argentinidad” como si fuera una definición única, pero observamos que las definiciones se transforman con las generaciones, con las crisis, con los cambios culturales y con las nuevas formas de vivir.Hace algunos años predominaban relatos asociados a la viveza criolla o a la capacidad de encontrar siempre un atajo. Hoy empiezan a cobrar fuerza otros valores: la resiliencia, la solidaridad, la creatividad para salir adelante, el humor como refugio y la capacidad de construir comunidad aun en escenarios complejos.Quizás por eso muchos extranjeros descubren aspectos de la Argentina que nosotros solemos pasar por alto. Se sorprenden por la facilidad con la que alguien invita a compartir un mate, una comida o una conversación; por la cercanía física, por los abrazos, por esa costumbre de convertir rápidamente a un desconocido en alguien conocido. Son gestos casi invisibles para quienes los vivimos todos los días. Pero hablan de una forma de relacionarnos que también construye bienestar.Cada Mundial vuelve a poner estas preguntas sobre la mesa. No porque el fútbol explique quiénes somos, sino porque funciona como uno de esos raros momentos en los que una sociedad vuelve a conversar sobre sí misma. Significa reconocer que, aun siendo diferentes, seguimos necesitando historias, rituales y espacios donde el “nosotros” tenga lugar, y también, una de las formas más profundas de cuidar nuestro bienestar.La autora es CEO de Trendsity