El Estadio Azteca tiene una boca tan grande que parece querer comerse el Mundial. Me bastó con entrar a la inauguración para saber que estaba empezando algo importante. Algo grande. Un juego fascinante y polémico que cada cuatro años obliga al planeta a detenerse para mirar un balón que corre portando una sola mercancía: incertidumbre.Por esa razón, a esta hora sólo tenemos preguntas: ¿qué Selección defenderá mejor el orgullo de su país?; ¿quién sufrirá un fracaso que parecerá mortal?; ¿quién entrará al Torneo como futbolista y saldrá convertido en leyenda?; ¿quién marcará un gol que recordará toda la vida?; ¿quién fallará otro que lo acompañará como una condena? Preguntas, preguntas, preguntas… Dentro de cuarenta días tendremos respuestas y algunas serán inolvidables.Un campeonato cada cuatro años tiene el valor de lo excepcional. Y estos son tiempos veloces que traen novedades futbolísticas, pero también sociológicas.Nunca los futbolistas se parecieron tanto entre sí y nunca los países necesitaron tanto sentirse distintos. La globalización hizo su trabajo. El tráfico permanente de jugadores hace que todos vivan bajo principios idénticos. Entrenan en los mismos clubes, bajo disciplinas parecidas, comiendo las mismas cosas, utilizando las mismas plataformas tecnológicas, consumiendo los mismos datos. Sin embargo, cada cuatro años les pedimos que representen una identidad nacional.Aquí aparece una de las preguntas más interesantes de este Mundial. ¿Puede seguir siendo una competición entre estilos futbolísticos, cuando el fútbol se ha aplanado como lenguaje universal? Las migraciones han transformado el mapa del planeta. Nunca hubo tantos futbolistas defendiendo una bandera distinta a la del lugar donde nacieron. Son 287 los que competirán representando otro país. Actúa como símbolo el primer gol del Mundial: lo marcó el colombiano Julián Quiñones, para México.El Mundial sigue invocando una emoción antigua: sentirse parte de una comunidad. Quizás la última pregunta sea qué significa hoy representar a un país.Las fronteras son cada vez más porosas. Nunca hubo tantas identidades compartidas, tantos pasaportes, tantas vidas repartidas entre varios lugares. Pero cada cuatro años seguimos necesitando una camiseta detrás de la cual reconocernos. Qué poder tan extraordinario el del fútbol. Y qué osadía contarnos todo esto en el país de Trump.El fútbol sigue apelando a lo analógico: la alegría colectiva, el llanto compartido, la superstición, la memoria de viejas gestas… Pero lo digital avanza. La tecnología se ha convertido en una aliada imprescindible del análisis pormenorizado del juego y de la táctica. Antes, existía el riesgo de que un estadio entero te condenara por un error; ahora las redes prolongan el martirio. Además, nadie escapa de la vigilancia del algoritmo, ese explorador implacable de fortalezas y debilidades. Vivimos obsesionados con el control. Todo está orientado a reducir el azar, ese peligro andante que los datos podrán reducir, pero nunca eliminar. Sabemos más que nunca sobre el juego y, sin embargo, nadie puede garantizar quién será el campeón.Francia parece haber heredado la fiabilidad de Alemania. España, una parte del viejo prestigio futbolístico de Brasil. Italia, paradójicamente, ha dejado de ser imprescindible en los Mundiales. Pero, pese a todo, seguimos buscando acentos distintos en una conversación que la globalización lleva décadas intentando uniformizar.Porque hay algo que está antes del estilo y se llama cultura futbolística. Una combinación de tradición, orgullo, conocimiento, oficio y competitividad que comparten los ocho países que ya levantaron una Copa del Mundo. Por eso los favoritos salen siempre de ese pequeño grupo.Pero, más allá de quién gane, el Mundial vuelve a recordarnos algo que el siglo XXI parecía dispuesto a borrar: que seguimos necesitando pertenecer a algo. A una historia, a una bandera, a una camiseta. Aunque solo sea durante cuarenta días.