El ingenio de la escaleraQuien se acerca a la persona admirada intuye las trampas que la sostienen. "Los dioses caen", escribe Steinbeck, "y toda seguridad se desvanece"Leo Messi ba�a a Lamine Yamal en una sesi�n de fotos de Unicef.JOAN MONFORT/APActualizado S�bado,

julio

00:02Audio generado con IAA los h�roes hay que com�rselos a la brasa, adobados, en papillote, ali�ados con aceite, vinagre y sal, en tempura, al dente, a la plancha, a la parrilla. Con patatas. Deben desaparecer rapidito del plato, antes de que el admirador haya cumplido los 25 a�os. Con las manos. De un bocado. Que no quede, como en la �ltima cena del rey Tereo, que sin saberlo se zamp� a su propio hijo, ni una migaja a la vista.El men� de aquella noche lo decidi� Procne, esposa del monarca. Hab�a descubierto que Tereo hab�a violado a su hermana Filomela. Cuando se plant� con la cabeza de la criatura frente a la mesa y Tereo desenfund� su espada, el �rbitro del Olimpo intervino. Convirti� la reuni�n en un alegre tr�o aviar: golondrina, abubilla y ruise�or.Los dioses, apoltronados en su eternidad, tienen por costumbre revelar sus planes en el tiempo de descuento. El destino prefijado se descubre y se le queda a uno la boca como una cueva. Para que la foto haya llegado a todas las pantallas de Occidente, han tenido que alcanzar la final del Mundial. Leo Messi, veintea�ero, ba�a a Lamine Yamal, a�n incapaz de gatear, en un barre�o de pl�stico. Zeus y los dem�s conocen de memoria el argumento. Dem�ter ya empapuch� con ambros�a a Demofonte para concederle la inmortalidad. Tetis sumergi� a Aquiles en el Estigia. A las dos los planes les salieron regular.A Yamal la decisi�n de sus padres, que lo apuntaron a la sesi�n de fotos, le puede quedar divina. Puede hacer con el argentino lo que Teseo con Heracles, que, tras recibir de ni�o su bendici�n, super� todas sus haza�as. La estampa del ba�o une a los griegos y a las milenials que encuentran en un Mercurio retr�grado el pozo de sus males. El ni�o de Barcelona, por orden ol�mpica, dar� el paso final a la adultez: delante de las c�maras, puede acabar con el �dolo. Para la mayor�a de los mortales, la proximidad f�sica habr�a resultado suficiente.Quien se acerca a la persona admirada intuye las trampas que la sostienen. La soberbia se le escapa en la sonrisa, el rencor se le transparenta en la broma, una l�nea negra como el intestino de una gamba le enmarca las u�as. La rodilla derecha se congela. "Los dioses caen", escribe Steinbeck en Al este del Ed�n, "y toda seguridad se desvanece". La genuflexi�n no puede reproducirse. El otro s�lo es, como quien observa, humano. Lo �nico divino en el hombre es su capacidad de amar.Pero que no registre el c�rtex prefrontal de Lamine Yamal el impulso de repartir abrazos sobre el c�sped de Nueva York. Le toca devorar al h�roe. Hacer con Leo Messi, o sea, un asadito de domingo.