Aliança Catalana ya ha empezado a devorar al partido de Carles Puigdemont. Cuanto más crezca en las encuestas la nueva formación, más se despegará Junts del Gobierno de Pedro Sánchez. Nunca como ahora había estado el espacio de Puigdemont en una zona de tanto riesgo político. Este lo ha apostado todo a su amnistía, y no está claro que logre superar el envite de Sílvia Orriols, como heredera en disputa del vacío que dejó la vieja Convergència.A fin de cuentas, Junts es el partido del 1 de octubre: por y para los agravios de su cúpula dirigente. Es decir, su única apuesta fue acompañar el sueño de independencia y, desde 2023, reparar sus consecuencias. El resto de puesta en escena es atrezzo posibilista: pastorear al electorado hacia el redil pactista y que no resulte tan evidente la forma en que Puigdemont enterró el procés en 2023. Precisamente, que la razón de ser de Junts haya sido meramente instrumental explica en parte la aparente crisis que atraviesa. En esencia, porque no es verdad que Junts sea del todo la mutación moderna de CiU. Probablemente, ese espacio murió tal y como se había conocido cuando decidió apostar por la vía del determinismo, anegado entre escándalos de corrupción. Aunque ahora todo parezca lejano, el propio Puigdemont llegó al liderazgo del movimiento como una impugnación del pasado convergente. Es decir, como una enmienda al pactismo de Jordi Pujol, a su posibilismo dentro de España como bisagra entre el PSOE y el PP. Que Junts sea el partido del procés hace que, finiquitado este, no tenga un pasado al que volver de forma creíble.Así pues, por más que los altavoces de Puigdemont vayan difundiendo que el bache de la formación se solucionará cuando este regrese a Cataluña, cabe ser escépticos. No solo es que algún cuadro de Junts se haya pasado a Aliança Catalana, sentando un precedente para otros que puedan ver sus barbas cortar en las elecciones municipales de 2027. A ello se suma otro factor: la realidad política catalana también ha cambiado, y mucho, en estos últimos diez años.Primero, porque cuando Puigdemont se marchó a Waterloo, la vivienda, la seguridad y la inmigración no eran preocupaciones tan intensas entre el electorado catalán como lo son en 2026. Tampoco parece que los acuerdos de Junts con Sánchez estén logrando mitigar esas pulsiones: muchas de las supuestas cesiones del Gobierno central han ido quedando en agua de borrajas. En segundo lugar, se aprecia que los jóvenes catalanes han ido rebajando su apoyo a la independencia: hete ahí el factor demográfico o de socialización que hay tras la existencia de ciertos partidos políticos. Si una generación entera creció bajo el mantra de lograr un Estat propi de Artur Mas —las anuales cadenas por el 11 de Septiembre, la consulta de 2014 o la aplicación del 155—, es probable que otra ya esté creciendo bajo nuevos códigos que nada tienen que ver con la ruptura. Tercero: hoy hay un caldo de cultivo electoral en Cataluña que anhela una formación de centroderecha, que no apoye las políticas de vivienda de Sumar o Podemos —propias del bloque de poder de Sánchez—; que hable de competitividad de las empresas o de absentismo —como intentó introducir Alberto Núñez Feijóo—; y que lo haga, además, evocando una idea de nación a la catalana.Por tanto, Aliança Catalana campa a sus anchas en todo aquello que Puigdemont no puede ser ahora mismo. El cesarismo también ha traído eso: al no haber contrapesos, los liderazgos tan personalistas acaban arrastrando al resto cuando entran en declive. Aunque el Tribunal de Justicia de la Unión Europea se pronuncie sobre dos cuestiones prejudiciales relativas a su amnistía, tanta glorificación por Puigdemont se ha vuelto ya cosa de apparatchiks o de muy cafeteros.A la sazón, hay motivos para pensar que Aliança Catalana no es flor de un día. De un lado, parte del auge de Sílvia Orriols se explica por la frustración que deja el fin del procés. Fracasado el sueño instrumental de la independencia, al movimiento le ha entrado nostalgia de aquella dimensión más emocional del nacionalismo. Es decir, que muchos partidarios de la ruptura hoy se conforman con que, al menos, sus hijos hablen bien catalán aunque no haya otro referéndum.Segundo, Orriols es fuerte porque también gusta a un votante que no quiere la independencia, causando hasta simpatía en Vox. Decía el candidato de Aliança a la alcaldía de Barcelona, Jordi Aragonès: “No tenemos que enfrentarnos catalanes y castellanos; el enemigo común es el califato”. Dicho en plata, Aliança Catalana está siendo más hábil que Junts para superar la polarización del 1 de octubre. La mayor diferencia respecto al proyecto catalanista de Pujol –que anhelaba la integración doméstica, vía cohesión interna– es que esta vez el relato se articula alrededor de un discurso antiinmigración u opuesto a los “de fuera” como chivo expiatorio. Nada está escrito, pero si Junts nació para destruir el pujolismo, Silvia Orriols se postula ya como su heredero en la vertiente de reconstrucción nacional, con los aderezos populistas del nuevo tiempo. Esto es, pivotando sobre el hundimiento del procés y las ansias de recuperar la idea de un solo pueblo.