La primera ola 2026 de la macroencuesta del CEO (el CIS de la Generalitat), conocido como Barómetro de Opinión Pública, ha vuelto a sacudir el tablero político catalán. Por primera vez, Aliança Catalana supera a Junts en intención de voto y proyección de diputados. La ultraderecha independentista sería tercera fuerza política en unas elecciones al Parlament, pero en línea ascendente y a un paso de adelantar a ERC en el segundo puesto, sólo por detrás del PSC. El análisis más común para explicar el derrumbe juntero pondrá el acento en su actitud ambigua respecto a Aliança Catalana, insistiendo en el conocido aforismo aznariano de que entre la copia y el original, el elector siempre escoge el original. Desde esta óptica, propia del análisis izquierdista, el problema de Junts es que en inmigración ha naturalizado parte del discurso ultraderechista. Se añadirá, desde el mismo ángulo progresista, que la actitud de bloqueo que los de Puigdemont mantienen en el Congreso en múltiples asuntos los convierte en una fuerza política percibida como inútil para los intereses de Cataluña. Y para completar el cuadro se dirá que no son pocos los temas, como la vivienda, en los que los junteros actúan como correveidiles de la patronal, propietarios y otra mala gente. En conjunto, de ser bueno este análisis, estaríamos ante una paradoja tan extrema que más bien parece un chiste: Junts se desangra por su flanco derecho por no ser suficientemente de izquierdas. ¿En serio? Una imprescindible consideración previa. A mediados de la anterior legislatura catalana (el punto en el que estamos hoy) la misma encuesta daba a ERC 30-36 diputados (acabó sacando 20) y entre 10 y 16 diputados a Junts (alcanzó los 24 en las urnas). Así que lo primero que se impone es la prudencia en las afirmaciones. TE PUEDE INTERESAR Aun así, dando por buenas las tendencias más allá de la especificidad de los datos, a continuación sigue un análisis complementario para explicar las dificultades de Junts ante el empuje del proyecto ultra de Sílvia Orriols. Una primera cuestión es que Junts acusa la falta de "corporeidad" de su proyecto político por falta de un liderazgo tangible visto como real. Puigdemont es una presencia lejana, cada vez más vaporosa. Junts es un ejército sin capitán en el campo de batalla. Ello sitúa su discurso político más general, no el del día a día en las cámaras o ayuntamientos, en el terreno de la inmanente provisionalidad, casi irrealidad. En un tiempo en el que la política exige liderazgos que apenas bajen del escenario esto tiene un gran coste. La percepción que se tiene de los junteros es que están pendientes de un futuro que no llega nunca. Y que tampoco se sabe en qué consistirá en el caso de que Puigdemont finalmente regrese de Bélgica. Las bases estructurales del proyecto siguen en manos de alguien que ya sacó todos los conejos de su chistera hace la friolera de nueve años y que desde entonces no ha pisado Cataluña. Se dirá que lo mismo sucede con Junqueras. Es cierto, pero no del todo. El líder de ERC se ha enmendado la plana a sí mismo, girando como un calcetín su discurso, y cuenta también con la ventaja de dirigir desde Barcelona, no desde Bélgica. TE PUEDE INTERESAR Un segundo elemento remite a la falta de credibilidad en cuestiones básicas de la agenda política del presente. Junts suma una cultura corporativa y política propia, la que le ha imprimido Puigdemont, a la que heredó de Convergència, a través del pujolismo y el masismo. En cuestiones como la inmigración, imprescindibles para entender el auge de Aliança, conviven voces completamente divergentes entre ellas. El resultado es la falta de credibilidad. Tan pronto se escuchan discursos clónicos a los de ERC o el PSC, como otros más duros y exigentes con el control inmigratorio. De tal forma que Junts acaba siendo calificada por Podemos o Sumar como una formación racista en Madrid, mientras que entre el electorado catalán más severo con la cuestión inmigratoria se advierte en este partido un seguidismo de las políticas hegemónicas en las dos últimas décadas. Que Junts siga manteniendo el cordón sanitario a AC perjudica a los de Puigdemont, pues parte de su electorado comparte el diagnóstico de los de Sílvia Orriols. Como tercer elemento, y no menor, hay que señalar el efecto Pedro Sánchez y "el gobierno más progresista de la historia". Viven los junteros como el embutido atrapado entre pan y pan. Hicieron posible la reválida de Sánchez en la Moncloa con unos acuerdos sobre los que ellos mismos insisten a diario en que no se han cumplido (más allá de la ley de amnistía). Pero con el paso del tiempo, su posición en un bloque en el que están el PSOE (el actual), Sumar, Podemos y ERC resulta de lo más antinatural para la mayor parte de su electorado. Han abortado leyes en clave ideológica, defendiendo el sentir de sus votantes. Pero, de vuelta a la mirada más general, continúan haciendo posible un gobierno que muchos de sus electores aborrecen a estas alturas, tanto por sus políticas como por los múltiples escándalos de corrupción. A diferencia de ERC, que puede ir de la mano del PSOE o de Sumar y sus discursos federalizantes, Junts no dispone de ese comodín con el PP y Vox. Así que esta ecuación no tiene solución posible. Mal si hace, mal si no hace. Terreno virgen para Aliança, que no ha de manejar contradicción alguna en este sentido. Un pasado amortizado, un futuro que no se sabe y un presente contradictorio. Estas son las arterias que desangran a Junts. La primera ola 2026 de la macroencuesta del CEO (el CIS de la Generalitat), conocido como Barómetro de Opinión Pública, ha vuelto a sacudir el tablero político catalán. Por primera vez, Aliança Catalana supera a Junts en intención de voto y proyección de diputados. La ultraderecha independentista sería tercera fuerza política en unas elecciones al Parlament, pero en línea ascendente y a un paso de adelantar a ERC en el segundo puesto, sólo por detrás del PSC.
Aliança devora a Junts y estos son los motivos
La ultraderecha catalana está a un paso de superar también a ERC y convertirse en el referente principal del soberanismo










