El rechazo a la inmigración y la frustración por el fracaso del independentismo impulsan a la extrema derecha en CataluñaEl presidente de la Generalitat de Catalunya, Salvador Illa, mira a la portavoz y presidenta de Aliança Catalana, Sílvia Orriols, en el pleno del Parlament de este lunes. Quique García (EFE)El fantasma del nacionalpopulismo ha irrumpido con fuerza en el sistema de partidos del independentismo bajo las siglas de Aliança Catalana (AC), y amenaza con consolidar en la sociedad y la política de Cataluña el mensaje de rechazo al extranjero y división entre ciudadanos de primera y segunda que ya está asentado en buena parte de los países europeos. En el último barómetro del CEO, el CIS catalán, publicado este mes, esta formación se situaba ya en la tercera posición en intención de voto. Si en las autonómicas de 2023 se estrenó con tan solo dos escaños, ahora podría pasar a 23 o 25, pisando los talones a Esquerra Republicana, que obtendría entre 24 y 26. La rapidez con la que AC aumentaría su representación resulta excepcional incluso en el contexto de Europa. La mayor fuga de votos la sufriría Junts, que en el mejor de los escenarios no pasaría de los 18 diputados. Es un terremoto que no solo impactará en el eje independentista. Si se sumase el resultado esperado de AC y el de Vox, las derechas radicales podrían llegar a representar casi un tercio del Parlament, unos niveles similares a la expectativa de voto que hoy tienen partidos de esta órbita en Alemania o en Francia. Existe una diferencia fundamental entre la versión catalana de la extrema derecha y la española que lidera Santiago Abascal, y es que la primera encarna un nacionalismo radical catalán, y la segunda, el español. Pero ambas comparten la retórica xenófoba, la fijación con la inmigración musulmana y un programa que, de aplicarse, llevaría a la destrucción de la convivencia democrática.A pesar de su programática adscripción a un independentismo radical y minoritario anterior a la Guerra Civil, poco tiene que ver la ideología de Aliança Catalana con el nacionalismo convergente, que casi siempre propuso una visión integradora de la catalanidad. La visión de AC es heredera de otra tradición, la que distingue entre el “nosotros” y el “ellos”, “los de aquí” y “los de fuera”, y por eso deberían quedar fuera del consenso democrático, como ocurre con el cordón sanitario aplicado a Alternativa para Alemania. Su historia está ligada a Ripoll, donde es alcaldesa su líder Sílvia Orriols y donde nacieron o crecieron los jóvenes yihadistas que cometieron los atentados de las Ramblas en 2017. Aquel trauma marcó la ciudad, y Orriols lo usó para abonar la semilla del odio a los musulmanes, que caracteriza a muchas de estas formaciones que se presentan como defensoras de una purísima civilización europea amenazada por la inmigración. Al mismo tiempo, este es el partido que más energía negativa ha absorbido tras la derrota del procés. Para muchos de sus votantes, Carles Puigdemont u Oriol Junqueras se comportaron como traidores y ese juicio los ha llevado a la radicalización de sus posicionamientos independentistas. Pasar página no es tan sencillo. En política la frustración y el resentimiento provocan monstruos y el partido de Orriols es un buen ejemplo.Archivado EnOpiniónOpinión EditorialUltraderechaXenofobiaRacismoCEOAliança CatalanaSondeos eleccionesERCJuntsxCatVoxSantiago AbascalAFDSílvia OrriolsAtentados Barcelona y CambrilsProcés Independentista CatalánCarles PuigdemontOriol Junqueras
Aliança Catalana, un monstruo del ‘procés’
El rechazo a la inmigración y la frustración por el fracaso del independentismo impulsan a la extrema derecha en Cataluña






