Mariano Rajoy, un presidente de Gobierno que se jactaba de informarse con el Marca y que puso fin a su legislatura en un restaurante, avisó a los suyos cuando Pedro Sánchez ganó la moción de censura en 2018 de que no iba a ser un expresidente entrometido en los asuntos de España y su partido.
Hay que reconocerle que lo cumplió, en parte porque ya estaba Aznar como faro moral de los halcones, dispuesto a arengar y pintar un país en la debacle moral y social, dispuesto a ser un referente, justamente él, el hombre que mintió a un país para retener el poder, incluyendo a los directores de la prensa nacional progresista y conservadora en el 11M. Rajoy cumplió, retomó su plaza de registrador de la propiedad y siguió saliendo a caminar rápido. Había acabado su gobierno de manera abrupta, inesperada, sin admitir la corrupción sistémica en su partido y con un bolso de la vicepresidenta ocupando su escaño.














