Mariano Rajoy ha sugerido que los franceses negros que juegan en la selección no son franceses de verdad. Lo verdaderamente preocupante es que ha verbalizado una idea que circula cada vez con más naturalidad en determinados sectores políticos y sociales, lo que merece una consideración particular. El expresidente español pasa por ser una persona del ala moderada del PP —de ese PP de Galicia que incluso asume la diversidad de un país como España—, pero esta vez ha sido el portavoz de una concepción profundamente reaccionaria de la nación. El portavoz del partido, Borja Sémper, con idéntica fama de moderado pero que no deja de justificar las barbaridades de sus compañeros más radicales, ha disculpado a Rajoy diciendo que sus comentarios fueron una muestra de sarcasmo y que no tenían mala intención.

No lo han entendido así los líderes políticos franceses, ni siquiera los de extrema derecha. Cómo será la derecha española para que el partido fundado por Le Pen haya salido a denunciar las palabras de Rajoy como racistas. Y es que, a pesar de los intentos de Sémper y otros líderes del PP, las palabras de Rajoy son meridianas: lo que muestran es una concepción etnicista de quién es miembro de un país o de una nación. Con ese criterio, Rajoy podría reconocer quién es ciudadano de un país solo mirándole a los ojos, o más concretamente a la piel.