El expresidente Mariano Rajoy parece no saber qué cosa es ser francés ni qué significa serlo. Su bochornosa observación de que la selección de Francia juega muy bien al fútbol —sagaz observación— , aunque “eso sí, sin franceses”, debe verse como un comentario simple y llanamente racista, y es escandalosamente indigno de lo que este hombre debería representar por el cargo que detentó, por el decoro y la prudencia que la condición de expresidente de todos los españoles debería conllevar. No sé si la justificada tormenta de reproches, críticas y vergüenza ajena que ha generado semejante estupidez ha pillado al Partido Popular a contrapié. Al fin y al cabo, el PP acaba de rechazar en el Senado la ratificación del Tratado de Amistad con Francia. No son detalles menores. No es Rajoy haciendo una bromita de copa y puro. No es solo el PP ejerciendo una oposición a por todas, caiga quien caiga, se rompa lo que se rompa. Igual se creen que con ellos en el poder las aguas volverán a su cauce. Vana ilusión. La voxización de la derecha española implica inevitablemente la renuncia a la centralidad, a una hegemonía. La prueba demoscópica es que con una izquierda desaparecida en el fondo de su ombligo y con un PSOE achicharrado por los casos de corrupción —con y sin lawfare—, el PP parece estancado y es Vox quien va mejorando sus expectativas. Esperar que el globo de la ultraderecha pinche haciéndole el juego y asumiendo sus ideas fuerza es de una agudeza de ingenio comparable a la prosa futbolística del señor Rajoy. La querencia por explicarse mal en temas complejos —bajas laborales fraudulentas—, la asunción de la “prioridad nacional” y el lío de confundirla con el arraigo —si la prioridad es arraigo y el arraigo es empadronamiento, ¿tendrá un madrileño recién empadronado en Sevilla menos derechos que un magrebí con veinte años de residencia reconocida en la ciudad?—, el dislate penoso que ha sido polemizar sobre la ley de nietos y la vileza de proyectar dudas sobre futuros resultados electorales, y en definitiva la inexistencia de propuestas claras en materias actualmente muy sensibles, como defensa, política exterior y medio ambiente —¿suscribiría un Gobierno del PP con Vox aumentar hasta el 5% el gasto en defensa para complacer al enemigo americano?—, todo ello invita a pensar que los populares han perdido completamente el rumbo. Lo ha dicho Jordi Sevilla en una entrevista reciente: lo que hace que Pedro Sánchez no esté más hundido todavía es tener al señor Alberto Núñez Feijóo de jefe de campaña; involuntario, pero eficiente como ninguno. Y en esas el expresidente Rajoy va y nos deslumbra —o mejor dicho: nos abochorna— con su afinada observación sobre qué es ser francés. Manuel Valls, el ex primer ministro francés, ha sido muy preciso al tachar esta estupidez de confesión. “No ha sido un desliz, ha sido una confesión”. La confesión de un racista al que no le importa que lo identifiquen como tal. No añadiré nada más a todo lo que ya se ha dicho sobre la confesión del expresidente Rajoy. Tampoco merece la pena sorprenderse por la incapacidad del PP de ni tan siquiera lamentar con la boca pequeña tamaña sandez, y ello con el rechazo del Tratado de Amistad y Cooperación entre España y Francia todavía pendiente de una explicación que no sea ahondar aún más en el pasmo y el ridículo. Sí que puede añadirse algo, sin embargo, sobre el signo de los tiempos que augura esta especie de barra libre para la peor política. Estos pequeños gestos de mala vecindad, de antipatía y de estupidez con Francia —por cierto, el segundo país del mundo con más españoles residentes—, parecen coincidir inquietantemente con la tendencia española a asomarse al pozo de sus peores fantasmas. Tanto el PSOE de Pedro Sánchez como el PP de Isabel Ayuso y Aznar —con Feijóo a remolque o simplemente cabalgando la bestia y tratando de no caerse— parecen dispuestos a forzar las cuadernas institucionales y morales de la democracia y del Estado con tal de conservar o conquistar el poder. El imperio de la mentira y la manipulación practicadas con la mayor desfachatez, la práctica de la prevaricación larvada y protegida gremialmente, el oportunismo pretendidamente virtuoso —aunque las tripas queden obscenamente al descubierto—, la inquietante utilización partidista, cuando no sectaria, de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, y una corrupción que, sin ser probablemente sistémica, a fuerza de convertirla en el gran argumento del debate político acaba percibiéndose como tal —aunque la de unos se persiga más que la de otros—, todo ello invita a albergar los más lúgubres presentimientos. Si en algo se parecen el actual PSOE y el actual PP —sin olvidar a Vox— es en esa convicción de que todo vale para retener el poder o para conquistarlo. Y ese todo vale está en completa contradicción con la idea de democracia, que implica y exige pluralismo, conversación y fluidez en las alternativas de gobierno. La otra cosa que merece añadirse es un elogio de Francia, no a modo de desagravio —eso sería ridículo, aparte de reconocerle al señor Rajoy la capacidad de agraviar a nuestros vecinos, cuando es a un montón de españoles a quienes ha avergonzado y agraviado—, sino de puro reconocimiento. Su República como idea y experiencia política —como cultura política— hace posible no sólo su actual selección de fútbol, sino también la española, con futbolistas nacidos incluso en Francia —“ah, vaya, ¿y no son franceses?”, se preguntará Rajoy—. Y es que Francia, a pesar de los momentos tenebrosos de su historia, que los ha tenido, es de largo el país de Europa que más y mejor se ha nutrido del talento que los exilios y las emigraciones han llevado a su cobijo republicano y a sus ciudades, comenzando por París. Acaso porque son blancos el señor Rajoy no se atreverá a decir que no son franceses el actual ministro del interior Laurent Nuñez, la anterior alcaldesa de París Anne Hidalgo, o el que fue primer ministro Manuel Valls. Ignorará el origen armenio de Édouard Balladur, el origen húngaro de Nicolas Sarkozy, el origen sefardí de Pierre Mendès France, o el origen georgiano de la historiadora Hélène Carrère d’Encausse, secretaria vitalicia de la Academia Francesa. Nada sabrá del origen italiano de Yves Montand o armenio de Charles Aznavour. Lo más probable es que los nombres de Beckett, Cioran, Ionesco, Kundera o incluso Semprún —“ah, ese fue un ministro español”— no le digan nada. Sí, todo esto se le ha de escapar al expresidente Rajoy porque él está en lo que está, que es el Mundial y el fútbol. También se le escapará —o no— que es a Francia a donde los españoles miramos cuando se sacan a pasear los viejos fantasmas de la piel de toro. La miramos con admiración, con envidia, y algunos con estudio, e incluso con una especie de nostalgia difícil de definir en el tiempo histórico, pasada y futura. Pero es normal que en un momento crítico como el que vivimos la derecha española, con la excusa de echar al Gobierno a cualquier precio, trate mal a Francia e ignore qué significa y qué es ser francés. Francés de préférence, como se dice en el terrible poema L’Affiche rouge de Louis Aragon. De modo que mientras una España querría parecerse más a Francia y siente una viva y difusa nostalgia de Francia, de ser franceses, la otra parece empeñada en el orgullo de los tuertos fumándose un puro en un país de ciegos. La historia, ay, es peor que vieja. Es reiterativa.