A Mariano Rajoy le ha funcionado tremendamente bien construirse ese personaje salido de The Office de señor disléxico al que se le cae la bola de helado del cucurucho. También ha sabido bailar excepcionalmente sobre la delgada línea que separa el hacerse el tonto con serlo y, además, serlo del culo. Esos detalles le han ayudado a que perviva mucho más la frase de que es el alcalde el que elige a los vecinos que, por ejemplo, la amnistía fiscal con la que Montoro les cobró un diez por ciento a los que habían escondido el dinero fuera mientras a nosotros nos subía el IVA al veintiuno, y que el Constitucional tumbó en 2017, cuando ya no servía de nada, cuando el defraudador ya había vuelto a casa con el capital lavado y planchado. O que las quince personas que murieron ahogadas en la playa del Tarajal mientras la Guardia Civil disparaba pelotas de goma al agua, en febrero de 2014, y cuya causa se archivó con la misma placidez con la que se archiva una multa de aparcamiento. O que la sanidad universal, que se acabó por decreto en 2012 y a la que se llegó por la vía de decidir que había personas cuya tos no era asunto nuestro. O que el copago a los pensionistas, o la ley mordaza, o los treinta y tres por año trabajado, o el “Luis, sé fuerte” enviado al tesorero de la caja B mientras el tesorero de la caja B miraba el móvil desde el banquillo de los acusados. Ninguno de esos hitos ha cuajado como estampa nacional. Han cuajado eso que dijo de que los catalanes hacen cosas.