Mariano Rajoy ha tenido siempre una habilidad portentosa para convertir el disparate en el rasgo definitorio de su personalidad. Sus columnas deportivas en ‘El Debate’ son el ejemplo perfecto de que esto que digo. Están escritas con una sintaxis tan infantil, tan cándida, tan de versión beta de una IA desarrollada en un colegio, que uno ya duda de si se trata de una performance y se está quedando con nosotros. Pero es que ese estilo torpón y ridículo, ese humor involuntario (yo creo que calculado) es el que le ha permitido sobrevivir a escándalos de corrupción y conservar la imagen de hombre amable y campechano, casi como un personaje resignado a los embates de la vida ideado por el mismísimo Francisco Ibáñez.

Digamos que Rajoy entendió hace tiempo que el personaje le rentaba más que el político así que se ha autoperfeccionado a sí mismo, como el disparo de rosca de Lamine Yamal desde fuera del área. Pero claro, hay ocasiones en las que el chascarrillo mariano, la banalidad patriótica de turno, deja de ser inocua y torpe para convertirse en otra cosa. La pasada semana, Rajoy escribió que la selección francesa tiene “un altísimo nivel, eso sí, sin franceses” reproduciendo uno de los prejuicios racistas más persistentes de la extrema derecha europea: la idea de que un ciudadano deja de pertenecer a su país por el color de su piel o por el origen de sus padres, la idea de que existen ciudadanos de verdad (los que responden a unos rasgos determinados) y ciudadanos de mentira (los que responden a otros rasgos determinados).