Lo de Mariano Rajoy con los franceses no tiene pase. Otra cosa distinta es que su columnita mundialista tras el partido España-Bélgica merezca que al expresidente se le atribuya prácticamente una militancia secreta al Ku Klux Klan. No tanto, ni tan poco. Pero sucede que el error de partida, gravísimo, es suyo. Rajoy debería saber que el perfil socarrón que se gasta, y al que se aferra con gusto en sus colaboraciones periodísticas, no lo convierte en una versión gallega de Ricky Gervais. Y que sus palabras, sea cual sea el registro que él pretenda y el medio que utilice para difundirlas, serán siempre las de un expresidente de España, con la responsabilidad añadida que ello comporta. Por eso, incluso atribuyéndole la mejor y más inocente de las intenciones, su afirmación sobre la selección gala ha de ser afeada. No vale resguardarse bajo el paraguas de la jocosidad que pretendidamente busca habitualmente en sus colaboraciones periodísticas. Dada su posición, Rajoy ni es ni puede ser un enfant terrible del humor políticamente incorrecto. Es historia institucional de España y sus palabras siempre van a pesar y a coger altura. Especialmente cuando, como en esta ocasión, su metedura de pata sea estratosférica. Existe un escenario peor. Que Rajoy crea lo que ha escrito y que el texto no sea más que una traslación literal de su pensamiento y no un chiste que en su pluma y en su boca no tiene puñetera gracia. Es esta una posibilidad que se adivina improbable, si uno atiende a la trayectoria del personaje. Pero él mismo convierte en plausible esta posibilidad cuando se niega a una rectificación que se antoja de lo más necesaria. TE PUEDE INTERESAR Parece que Rajoy se resiste a entender la gravedad del asunto. Se refugia en dos verdades que culpabilizan a terceros sin asumir una responsabilidad que no debiera rehuir. Es cierto que el Gobierno de España ha hecho lo posible por elevar su astracanada a la categoría de crisis diplomática en lugar de procurar enfriar la metedura de pata del expresidente. Y es verdad también que el ejecutivo francés está obligado a tomarse muy en serio incluso las bromas, puesto que el chascarrillo que Mariano Rajoy pretende de lo más inocente es desde hace tiempo una de las cuestiones más candentes en Francia y que más amenazan su cohesión social. Pero eso no convierte en inocente a quien ha meado previamente fuera del tiesto. Que el Gobierno español haya visto una oportunidad de lastimar al PP o que el francés esté obligado a sobreactuar, no exime a Rajoy de su responsabilidad. Un hombre de su experiencia sabe perfectamente cuál será el alcance de sus palabras. Y es verdad que aun así puede equivocarse. Pero en ese caso las disculpas son imprescindibles; y si no llegan, su partido debiera exigírselas en lugar de proporcionarle coartadas. TE PUEDE INTERESAR Olvida además Rajoy que España no vive al margen del debate que él ha azuzado y ridiculizado a través del pretendido sarcasmo. En el amistoso que la selección española jugó en Cornellà hace unos meses, buena parte de los aficionados españoles entonaron el cántico "bote, bote, bote, musulmán el que no bote", con Lamine Yamal como principal destinatario de esos gritos. En esta carrera España va cronológicamente detrás de Francia. Pero la discusión sobre qué es y qué no es un ciudadano español ya no es algo que pueda calificarse de extraño o desconocido. Así que no parece la mejor de las ideas que un personaje como Rajoy frivolice en carne ajena con algo que también nos alcanza, aunque con menos intensidad todavía. Abona Rajoy, aun sin pretenderlo, una mirada racista, etnicista y supremacista de la sociedad. Aquella en la que, más allá de cuestiones administrativas como la nacionalidad, el derecho a sentirse y a ser considerado parte de un colectivo nacional, se obtiene solo a través del color de la piel, la religión, el origen de los ancestros o los apellidos. De tal guisa que un negro, un musulmán o el Yamal de turno no es que no sea francés, es que tampoco será nunca plenamente español. Ya sabemos, por desgracia, a qué lugar conduce esta manera de proceder con un material que equivale en el mundo de las ideas a la nitroglicerina. Por cierto, alguien debería decirle a Rajoy que sus disculpas son imprescindibles, sobre todo para ponerse a salvo y alejarse de aquellos que, haciendo también una lectura literal de su columna, insisten en darle la razón. Rajoy no quería, seguro, pero es hoy un héroe para los racistas. Desde su perspectiva, es alguien que se atreve a decir las verdades que otros callan. Solo por esto, quienes quieren bien a Rajoy, debieran animarle a rectificar. TE PUEDE INTERESAR Nada de todo esto guarda relación alguna con el imprescindible debate sobre los flujos inmigratorios o el nivel de integración exigible para quien decide establecerse en España. Atañe a algo más básico y peligroso. Pues llevando el razonamiento hasta el final, no es que los jugadores de la selección gala no sean franceses, es que tampoco van a ser nunca españoles de verdad millones de nuestros conciudadanos que ya lo son de pleno derecho. Llegados a este punto, desde luego no resulta imposible imaginar algo tan deleznable como las leyes raciales. A Rajoy le basta con disculparse para acabar con este despropósito. Causa un daño innecesario a la sociedad española no haciéndolo. Que él sepa que sus intenciones eran otras no sirve como excusa para no hacerlo. No en el caso de un expresidente de España. Saldríamos abiertamente en defensa de Ricky Gervais, Leo Harlem o cualquier otro humorista al que tratasen de cancelar por el mismo chiste que asegura habernos gastado Mariano Rajoy. Sólo que él no es un profesional de la broma y está obligado a medir sus palabras, incluso cuando solo pretende hacerse el gracioso.