Diez años desde el primer Mad Cool (2016), tiempo en el que se han celebrado nueve ediciones, ya que la pandemia frustró la de 2020 y 2021. Cuarto año consecutivo en el recinto Iberdrola Music, en el barrio de Villaverde, sur de Madrid, un espacio ya consolidado después de cambiar varias veces de localización a lo largo de su trayectoria. Cuatro jornadas, del miércoles 8 al sábado 11 de julio, en las que actuaron 70 grupos y donde pasaron muchas cosas. Este es un balance de la edición 2026 del festival capitalino. Nick Cave sobre todas las cosas, pero también otros. La actuación de Nick Cave and the Bad Seeds pasará a la historia de los directos de rock de este país. Por intensidad, carga emocional, calidad de los ejecutantes, dominio del escenario, entrega del público. Pero hubo más conciertos destacados en la cita capitalina. En general, los cabeza de cartel ofrecieron espectáculos destacados, algunos soberbios, extensos, similares en duración a los que puedan realizar en una fecha de su propia gira y no limitándose al formato reducido de un festival, donde se suele acortar el repertorio. Las dos horas y media de Foo Fighters figuran como la gran experiencia rockera del festival; Florence and The Machine convirtió el recinto en una sesión de gloriosa brujería musical, y Pulp estuvieron sensacionales. Tres conciertos para enmarcar y uno, el de Cave, para elevarlo a los cielos. Qué bien sonó el escenario principal. Resignados a las mediocres acústicas de los recintos, lo del escenario principal de Mad Cool dejó al público con una sensación: se puede, es posible escuchar con claridad las partes vocales, las guitarras, los pianos… Todo en su sitio, bien colocado, que para eso los ejecutores son grandes instrumentistas. Cuando el cantante dice algo le entendemos perfectamente. Qué maravilla. Algunos seguidores apuntaron que quizá faltaron algunos decibelios, sobre todo si te colocabas en la parte más alejada. Es posible, pero también es una realidad con la que se va a tener que convivir. Las nuevas sensibilidades sobre el ruido y el respeto al descanso vecinal nos dirigen hacía unos volúmenes más moderados. Aún así, este cronista pudo sentir con fuerza los decibelios colocado a una distancia media del escenario. El error del escenario 2. El punto negro de la edición que terminó el sábado de Mad Cool lleva a una decisión difícil de explicar: ¿por qué se suprimió el escenario 2 de anteriores ediciones, donde se veía y escuchaba bien y se convirtió el pequeño escenario 3 en el dos? La respuesta la da el festival: “La decisión se tomó para mejorar los flujos de público interno del festival. Tratando de mejorar la experiencia del público”. El caso es que este recinto secundario está pensado para entre 10.000 y 15.000 personas y en el concierto de Zara Larsson, por ejemplo, se congregaron 40.000. La mayoría, sobre todo público joven, no pudo disfrutar plenamente de la actuación de la estrella sueca. Con Moby no había tanta gente, pero surgió otro problema derivado de esta nueva confección del recinto. Como se solapó su actuación con la de Foo Fighters, el sonido de las guitarras de la banda de Dave Grohl se colaba mientras actuaba Moby. Incómodo e irrespetuoso para el artista de Nueva York. Urge revisar esta estrategia del diseño del espacio para próximas ediciones. La nueva identidad es la no identidad. Los directores de las masivas concentraciones musicales insisten en “ofrecer una experiencia completa” y en apuntalar la “identidad”. Los rasgos propios de Mad Cool consisten en mezclarlo todo, a ver qué pasa. Y lo curioso es que funciona. El miércoles, dedicado al rock con el protagonismo hegemónico de Foo Fighters; una segunda jornada en clave femenina (Florence, Lorde), el viernes de regreso a la nostalgia indie (Interpol, Pixies) y el sábado para el público veterano de festivales ya con los hijos medio criados por lo que pueden regresar para disfrutar de una jornada de sus apetencias (Nick Cave, Pulp, Black Crowes). Cuatro días, cuatro cosas diferentes. Esa es la nueva identidad. Ignorando el producto nacional. Si alguien detecta una banda española en el cartel de Mad Cool que avise. Un año más la cita madrileña pasa de puntillas por el producto nacional. Quizá en esta edición fue más evidente. De lo poco que se vio mencionar a los madrileños La Paloma, cada día mejor en directo, y la gran sorpresa, los murcianos Arde Bogotá, que no figuraban en el cartel y actuaron con el nombre de Bigger Splash, nombre del segundo sencillo de su nuevo trabajo, que se publica este año. A los que les llegó el soplo disfrutaron en una pequeña carpa de un grupo que podía aspirar al escenario grande. Además de su canción nueva no se dejaron clásicos de su repertorio como Los perros o La torre Picasso. Escaparate para las nuevas jefas del pop comercial. La reunión madrileña ha cogido la saludable costumbre de contratar a estrellas del joven pop comercial femenino, ya sea afianzadas o a punto de explotar. La edición pasada ocurrió con Gracie Abrams y Olivia Rodrigo y esta con Jennie y Zara Larsson. Con esta medida se aseguran, además, un público muy joven que puede convertirse en clientela para futuras ediciones. El tirón de Larsson desbordó a la organización: estaba programada en el escenario 2 y se quedó muy pequeño. La surcoreana Jennie, que atrajo a mucho público asiático, demostró que posee hechuras de estrella grande también fuera del seno de su banda, Blackpink. En general, un festival cómodo. La accidentada historia de Mad Cool es de sobra conocida. Pero en las últimas ediciones, celebradas en Iberdrola Music, el festival ha logrado corregir errores y esquivar las zonas conflictivas. Una vez dentro estamos ante un festival cómodo con todos los servicios necesarios. El acceso tampoco es problemático, con una opción de una boca de metro relativamente cercana (15 minutos de caminata). En cuanto a la salida, depende del día. Cuando se realiza escalonadamente no asoman dramas, pero la noche de Foo Fighters, por ejemplo, coincidieron 57.000 personas abandonando el lugar camino de sus casas. Este cronista salió, a paso ligero, nada más terminar la actuación de los de Dave Grohl y no tuvo problema en el metro. Pero muchos se lo tomaron con más calma y no hay transporte que asuma 40.000 personas en pocos minutos. A determinada hora la densidad de público obligó a largas esperas. Dos días de llenos, los otros dos, casi. El miércoles 7 y el jueves 8 se completó el aforo: 57.000 espectadores por jornada, según la organización. Aún así, no existió sensación de agobio, salvo en el ya mencionado concierto de Zara Larsson. Los otros dos días se quedaron en 53.000 el viernes y 48.000 el sábado, y se notaba, porque se veía mucho césped artificial sin ocupar.El público extranjero y la euforia del España-Bélgica. Nadie sabía cuando compró su abono que la selección española de fútbol disputaría un partido de cuartos de final de un Mundial el mismo día que una de las noches del festival. Así fue y la organización reaccionó rápido al poner en las pantallas el partido. Coincidió con el concierto de los Pixies, que a saber si estaban al tanto de por qué demonios la gente gritaba tanto. El público extranjero, numeroso (un 37%, sobre todo ingleses), se sumó a la fiesta enfundándose la zamarra de los de Luis de la Fuente. También el batería de Kings Of Leon, Nathan Followill, que ocupó el escenario con una camiseta de España. Ninguneo a los fotoperiodistas. El primer día del festival enviaron a los fotoperiodistas acreditados (38, según la organización) unas instrucciones frustrantes: Foo Fighters, solo el fotógrafo de la organización; Pulp, no deja ningún fotógrafo: el grupo pasará imágenes; Kings of Leon, hay que firmar contrato; Florence and the Machine, solo fotógrafo oficial; Nina Kraviz, las imágenes necesitan aprobación. Y así en muchos casos. Desde el festival señalan: “Las limitaciones las ponen las bandas, nosotros no intervenimos”. Otra fuente asegura que en ninguna edición había “visto tanta restricción”. La consecuencia es que los profesionales no pudieron realizar su trabajo. En anteriores Mad Cool se colocaron hasta 40 fotógrafos en el foso. En este, cinco, quizá 10 en alguna actuación de las relevantes. Las quejas y el enfado de los fotógrafos están totalmente justificadas. Quizá el festival debería insistir a los grupos en que la prohibición va en detrimento de ellos mismos y de los lectores. El caso es que urge que se deje realizar su trabajo a los profesionales. Ante la imposibilidad de contar con su trabajo, las imágenes de este artículo están proporcionadas por el festival. Las encontrará idénticas en otros medios. No queda otra.