Cuando Juan Cremades (Almería, 57 años) conducía del trabajo a su hogar, una casa diseminada en el municipio almeriense de Bédar, y atisbó por primera vez la columna de humo que se elevaba por el horizonte, calculó que el peligro estaba lejos de su propiedad. Al llegar, constató que las llamas provenían de la cresta de una montaña al oeste, y en cuestión de minutos vio cómo su residencia quedaba cercada por el incendio más mortífero de Andalucía. “Agarré mis documentos, un cepillo de dientes y un par de camisas. Llamé a mis animales para subirlos al coche y largarnos de allí, pero el fuego avanzó tan rápido que ya estaba en la linde de mi terreno y bloqueaba la única salida”, relata Cremades. “En ese momento entendí que no podría salir, y decidí que tenía que quedarme en la casa”. Mientras el fuego avanzaba y el humo se volvía tan denso que le impedía ver y respirar, logró refugiar dentro de su vivienda a cuatro de sus seis mascotas. “Cerré todo a cal y canto. Me metí en la ducha con una bata de baño y toda la ropa y los zapatos. Me puse chorreando y me envolví en toallas”. Así relata Cremades cómo inició una lucha desesperada de dos horas por salvar su vida y su casa desde el corazón del incendio en el que han fallecido 13 personas (una de ellas en el hospital, según ha confirmado la Junta este domingo). Tras arrasar 7.000 hectáreas, este domingo el fuego ha sido estabilizado.“¿Me pueden explicar cómo empezó ese fuego ahí abajo? A más de 25 metros de donde está y con el viento a contracorriente. Esto es increíble, yo no entiendo cómo el fuego va corriendo. Esto se mete en mi casa. Por aquí no aparecen los helicópteros”, se le escucha decir en uno de los vídeos que grabó mientras se propagaban las llamas. Cremades asegura que no recibió ninguna alerta ni aviso.“Una vez que me metí en casa, el fuego avanzó a una velocidad increíble”, dice Cremades, que podía ver cómo el incendio progresaba desde las diferentes ventanas de su casa. Un pequeño camión frigorífico que utilizaba como almacén comenzó a incendiarse. Al lado del vehículo tenía entre seis y siete botellas de butano que escuchaba silbar y explotar. “Ahí me empecé a asustar. Reventó la primera y me escondí detrás de los muebles de la cocina por si alguna explotaba en dirección a la casa. Me senté en el suelo mientras escuchaba petardazos”, detalla. Como el que libra una guerra, por momentos se levantaba a vigilar el fuego alrededor de su casa. Fue cuando se dio cuenta de que las barandillas de madera en su terraza comenzaron a incendiarse. “Como llegue el fuego aquí, se me quema la casa entera. Tengo que apagar ese fuego”, se dijo.En su afán por mantener el fuego a raya, se envolvió la cara con otra toalla mojada y abrió la puerta. “Cogí dos botellas de leche que tenía y las eché sobre las vigas que se estaban quemando como pude y me metí otra vez. El fuego disminuyó pero con la temperatura que había volvió a prenderse. Cogí unas botellas de agua destilada de cinco litros y poco a poco hice lo mismo sobre las vigas. Volvían a prenderse, volvía a coger otra garrafa… Y a la tercera conseguí apagarlas”, rememora con la voz acelerada. Mientras apagaba las vigas, se percató de que un cobertizo que tenía debajo de la terraza para guardar leña estaba ardiendo. “El fuego venía de ahí abajo y por eso se estaban quemando las vigas. Tomé garrafas de vinagre de cinco litros que tenía y desde arriba empecé a echarle el líquido, lo que pillara, cerveza, vino… Todo lo que fuera líquido”. En esos momentos apenas recuerda haber reflexionado. Todo respondía al instinto: mantener la “sangre fría” y permanecer en alerta. “Nunca pensé que me fuera a salir mal. Siempre pensé que me iba a salir bien. Lo que no sabía era cómo iba a hacerlo”. “En dos horas se carbonizó todo”Cerca de las 22.30, el fuego había cesado parcialmente. Salió con más garrafas de vinagre pinchadas y roció donde quedaban llamas. “Conseguí apagarlo o a mí me dio la sensación de que se había apagado. Por lo menos ya no había llamas. Cogí los animales como pude y salí corriendo de allí”.“Mi casa, mi campo, mis vecinos […] y aquí llegan los bomberos ahora, ahora cuando ya no hay nada más que recoger muertos”, dice en el último vídeo que grabó tras salir a la carretera. “En dos horas se carbonizó todo”. Cremades dejó detrás dos pequeños fuegos activos, unas gallinas, su gata Maya y su perro Athos, que no sobrevivió. La estructura de su casa cree que está intacta “milagrosamente”, pero las tuberías y los depósitos de agua se derritieron, por lo que Cremades estima que alrededor de 70.000 litros de agua cayeron en ese momento, otro factor que cree que le ayudó.“No te quiere llevar [Dios] por lo que sea, algo tendrás que hacer. No sé si para bien o para mal”, reflexiona. “Lo primero que pienso es en sobrevivir y en lo que tengo que hacer para tirar para adelante […]. Es una faena bastante grande”, dice más despacio. Empezó a ser realmente consciente de lo que había vivido tras contarlo al día siguiente y al cuantificar lo que había perdido. “Perdí diez años de trabajo, de ahorro e ilusiones. Diez años currándomelo para tener árboles […]. Se me ha ido todo a la mierda”, cuenta desde el bar Marene, en Los Gallardos, sobre la carretera N-340, donde pasan un par de coches calcinados remolcados por una grúa. Aunque asegura que no puede quejarse y que su prioridad son sus mascotas y sus árboles, se enfrenta a la incertidumbre de dónde residirá. “Ahora tengo que evaluar dónde vivir, a ver si me merece la pena reparar la casa e intentar vivir allí rodeado de cenizas y de fuego”, explica.
“Las vigas se quemaban, cogí leche, agua, vinagre, cerveza, vino, lo que pillara”
Las dos horas de supervivencia de Juan Cremades en Bédar para combatir y vencer al fuego que acechó una de las casas diseminadas en el epicentro del incendio











