Solo el Diablo se carcajea en el Infierno; solo Mathieu van der Poel lo goza en el infierno del Tour, y convierte en un vergel florido la etapa más dura de la carrera, en una clásica de primavera disputada a 40 grados: calor de horno, territorio implacable hasta el Mont Bessou, donde la ruta que atraviesa el Macizo Central entra en los pueblos, pastos y bosta de vacas, de su abuelo, Raymond Poulidor, de quien heredó, sobre todo, el carácter y la clase, y el gusto por el sabor antiguo del ciclismo.Tom Simpson murió deshidratado ascendiendo el Mont Ventoux en una época en la que no se permitía dar agua a los ciclistas desde el coche. El año siguiente, 1968, ya se autorizó, como en este Tour en el que la carrera choca con el cambio climático que no va a dar marcha atrás, ha empezado a permitirse dar agua a los corredores desde la cuneta en cualquier momento de la carrera, salvo los primeros y los últimos 10 kilómetros de cada etapa, pero pese a tanta hidratación asegurada, ascendiendo el puertecillo de Naves, un tercera con unas pendientes cortas del 9%, a poco más de 20 kilómetros por hora, una mano en el manillar, la otra vaciando sedientos de sus labios bidones de agua con ansiedad en sus bocas. En la Corrèze, rural y salvaje, marcada para el Tour por la expulsión allí de Virenque y sus festinas en 1998, y carreteras prehistóricas, el pelotón se divide en clases, aristócratas, burgueses y trabajadores, ocho en fuga; 30 en el pelotón de los mejores, Pogacar en persona controlando todos los movimientos, ataques y desfallecimientos crecientes; 140 intentando sobrevivir. 40 grados, apenas sombra, brisa inexistente, tres de la tarde, humedad del 50% subiendo desde el río Corrèze que días a día desciende de nivel, evaporadas sus aguas en la tercera ola de calor que asola Francia y sus tierras. Más duro aún el Suc au May (cuatro kilómetros al 85 a las 15.00, la hora de más calor, un Everest en el Macizo Central): se juntan finalmente los más duros, Simmons, Castrillo, Pidcock, Van der Poel, Johannessen, Van Eetvelt, Baudin y Gee. Una batalla inesperada. Pogacar controlando en persona. Solo resistir es ya una victoria, y una ilusión alcanzar la meseta y el parque de las Mil Vacas en el Limosín, donde hay bosque, y suspiran por un descenso de la temperatura, a 35 grados, por favor. Van der Poel reduce la fuga a cuatro. Hace crujir los dientes lamentando a Mads Pedersen la tardanza en decidirse en la persecución. Se ríe feliz. En el sprint final, nadie como él.Los cálculos de quienes saben obtener la temperatura de bulbo húmedo (WBT), la que tiene en cuenta todos los factores, incluida la dificultad de los cuerpos para refrigerarse con el sudor, hablan de que se ha alcanzado los 28 grados WBT, se baila entre la zona naranja y la zona roja del protocolo de la UCI. Si fueran trabajadores del metal, de la construcción o del servicio de limpieza, los sindicatos habrían exigido la aplicación de la ley laboral: prohibido trabajar en esas condiciones. Son ciclistas. Disputan una carrera a la que le gusta lucir sus aires primitivos, sus raíces en el mito, su principal atractivo comercial. El sufrimiento es obligatorio; la muerte da luz a leyendas. Son luchadores, machos alfa que odian que les puedan creer blandos. Mathieu van der Poel, el corredor que mejor enlaza todas las contradicciones del ciclismo —nieto de Poulidor, y la etapa se disputa en el Limosín de su abuelo, las carreteras de su infancia; avanzado de la tecnología, la nutrición, el sentido estético del héroe, ídolo popular—, convierte la etapa en una clásica disputada en un horno. Se niega a no competir, a no entregarse entero. Pogacar, celosos de la hermosura del héroe neerlandés, deja hacer lo justo. Pidcock, otro de la corte de Van der Poel, se une dando golpes con el talón al rebelde piñón de su electrónica transmisión monoplato, y a golpes, tal como el abuelo bruto lograba que la tele vieja volviera a verse, logra que descienda la cadena. Mantiene al pelotón, con sus húsares del UAE al frente, a una distancia prudente. Es una mini Lieja. Menos de cuatro horas. La acaban tan muertos como si hubieran corrido ocho, o más. Los médicos les miden las constantes por la noche. Constatan su deshidratación permanente que no pueden combatir, como hasta hace unos años, con sueros intravenosos nocturnos, les pesan, les analizan la orina, su densidad. Uffff, suspiran. Lleváis nueve etapas y es como si llevarais 18. No recuperáis. No sé cómo vais a acabar, les condenan, como si a un ciclista fuera tan fácil decirle hasta aquí puedes llegar. Y quedan dos semanas.Clasificación GeneralposciclistaEquipoTiempo1Mathieu van der PoelAPT 3h:27:51 2Tobias JohannessenUXM +00:00 3Tom PidcockPQT +00:00 4Alex BaudinEFE +00:00 5Filippo GannaIGD +00:06 6Mads PedersenLTK +00:06 7Michael MatthewsJAY +00:06 8Nicolas BreuillardTEN +00:06 9Jordan JegatTEN +00:06 10Sean QuinnEFE +00:06 posciclistaEquipoTiempo1Tadej PogacarUAD 32h:17:04 2Jonas VingegaardTVL +02:42 3Isaac del ToroUAD +03:27 4Remco EvenepoelRBH +03:30 5Juan AyusoLTK +03:34 6Paul SeixasDCD +03:55 7Florian LipowitzRBH +04:00 8Lenny MartinezTBV +04:21 9Mattias SkjelmoseLTK +04:57 10Egan BernalIGD +09:12 Ver clasificación completa Etapas
En el infierno del Tour de Francia, un diablo se carcajea: Mathieu van der Poel
El nieto de Poulidor se impone en la etapa más dura de la ‘grande boucle’, disputada a 40 grados en las carreteras ásperas y antiguas del Macizo Central














