Tom Pidcock, gran ausente del mundial de mountain bike celebrado este domingo en Crans Montana (Suiza) hubiese definido perfectamente lo que supone correr una prueba en la élite de la especialidad: “Cada carrera supone sufrir, dolor, mucho dolor, todas son iguales, siempre. Da igual el trazado”. Mathieu Van der Poel podría asentir: en el que debería haber sido su primer título mundial de XCO, el que le falta para colocarlo en su salón, enmarcado junto a los de carretera, ciclocross y gravel, el neerlandés solo encontró dolor. Y una gran frustración: adora la bici de montaña, disfruta como un niño con su combinación de velocidad y técnica, con su ambiente y con el marco natural en el que se desarrolla. Vestir el maillot de campeón del mundo era su objetivo declarado del curso, por encima de cualquier otro vinculado a la ruta.
Nino Schurter, señalado como el campeón de mountain bike más grande de todos los tiempos, se despidió el domingo en su casa de las citas mundialistas y colgará la bici a final de temporada exhibiendo 10 títulos mundiales, oro, plata y bronce olímpicos, así como nueve victorias en la general de la Copa del Mundo, con 36 victorias individuales. Antes de la salida, Schurter buscó a Van der Poel y este hizo lo propio para departir serenamente durante el calentamiento. Un respeto mutuo del que se beneficia la especialidad: los más grandes del asfalto tienen que dar lo mejor de sí para ser competitivos. La irrupción de los grandes de la carretera en el mountain bike ha servido como estímulo para la disciplina, ha obligado a los asiduos a ponerse las pilas para crecer, incluso la industria del mountain bike se ha sacudido las telarañas para ofrecer modelos de bicicleta sencillamente deslumbrantes, con amortiguaciones inteligentes y la irrupción de la electrónica al servicio de una idea: rodar cada vez más rápido y sin distracciones. En consecuencia, el nivel es tan elevado que ni siquiera Van der Poel, el mismo que ha sabido frustrar a Tadej Pogacar, puede aterrizar y pasearse.






