Parece un Quijote Baptiste Veistroffer, pero es solo inteligente, ahí solo en la carretera, combatiendo imaginarios gigantes tan fresco y el pelotón apelotonado a su espalda, qué calor se dan unos a otros, radiadores en movimiento, cuánta caloría y latido acelerado se necesitan para mover las piernas, y cuántas se desperdician en el aire y se quedan en su piel, que intentan refrescar, jorobaditos al pedal, con saquitos de hielo entre los hombros que se derrite en agua helada por su espalda y convirtiendo en aspersores sus bidones de agua fría. La pastilla termómetro que han tragado canta desde su estómago una temperatura interna por encima de los 40 grados, que no les derriba si logran reducir con sus estrategias la temperatura de su piel, y así como el café de una taza se enfría si en la habitación en la que lo tomamos está puesto el aire acondicionado y el calor puede huir del café, así sus cuerpos. Si la piel está caliente el calor interior no se disipa, y el golpe de calor dramático es inevitable. Camino de Pau, el primer día llano, llano, se multiplica el ballet de corredores descendiendo a los coches a por agua y hielo, pero no se vive el aire de drama de la víspera, a travesía del martes de los bajos Pirineos, el día más caluroso en la historia del Tour, con 40 grados de temperatura ambiente, 65 grados el asfalto y ausencia de aire en valles cerrados, solo superado por cuatro etapas de la Vuelta a España en los agostos de Andalucía, dos en 2014 y dos en 2024. La carretera es ancha, corre una brisilla y a 50 por hora el efecto del aire en contra es hasta refrescante, no tan infernalmente cálido como el que les peinaba la víspera en los descensos, que unos comparaban al efecto del turbo de un horno y otros al de un secador de pelo a tope de temperatura contra su rostro. Una caída en una curva de la pacífica Pau rompe el pelotón a 5.200 metros de la línea de meta, en la catedral del sprint conocida como Plaza de Verdún. Sprint desordenado, sin trenes ni lanzadores en el que desborda a todos la potencia increíble del neerlandés Olav Kooij, una mole de músculos y mandíbula cuadrada, rendijitas brillantes sus ojos verdes, y acné, de 24 años, ya conocida y temida en un par de Giros (tres victorias), cuyo debut en el Tour ha generado polémica en la Francia ready para la seixasmanía. Qué horror, exclaman los fanáticos, cómo se atreve el Decathlon a meter un corredor y su mayordomo que no van a estar al servicio de Seixas y sus rizos dorados en las montañas que llegan hasta París, qué error. Y el Tourmalet y el final en tendida ascensión hacia el circo de Gavarnie, en la cara norte del Monte Perdido fronterizo, ya esperan, y una lluvia los refresca la víspera de la llegada del Tour, aunque aún asusta la temperatura prevista en el aire, 27 grados a la hora en que el Tour alcance los 2.115 metros de la cima pasada La Mongie.Juan Ayuso habla del calor del martes –“fue horrible. Creo que ni en ninguna etapa ni entrenando he sentido tanto calor encima de la bici”, dice el mejor español del Tour antes de salir hacia Pau, dos de la tarde, a la sombra fresca de un castaño frondoso. “Ni siquiera en los entrenamientos de calor, en los que tú regulas el ritmo, aquí solo puedes seguir el que te marcan”—pero no opina de las elecciones de otros equipos ni de lo que pueda pasarle a sus rivales. Le bastaría, sin embargo, con invitar a los críticos a pasar por delante de la puerta del autobús del Lidl y comprobar cómo, aparte del fresquito que libera el aire acondicionado a tope del vehículo, por el hueco brotan risas, músicas, alegría. “Mira qué contentos están todos pese al calor recordando la lección que dieron ayer para conseguir la victoria con Pedersen gracias al trabajo de Simmons y Vacek también”, dice Aritz Arberas, uno de los entrenadores del equipo. “Ganando una etapa ya tenemos parte de los objetivos cumplidos, pero, aparte, el triunfo genera una dinámica de éxito, un optimismo, que beneficia a todo el equipo”. La dispersión de objetivos del Lidl aligera la presión sobre Ayuso, candidato al podio final, como el triunfo de Kooij hará con Seixas, dicen las leyes y la historia del Tour.“Sí, sin duda, lo de ayer ayuda mucho, también quita mucho estrés a todo el equipo, a todo el staff”, dice el nativo de Barcelona que, como buen heredero de los genes mesetarios, tierra de segadores de trigales infinitos, de sus padres pucelanos no teme al calor seco que a otros mosquea porque observan que para mover los mismos vatios que en temperatura ideal su corazón late 15 o veces más por minuto, un indicador claro del estrés al que están sometiendo al organismo. “El corazón no solo tiene que enviar sangre a los músculos, sino además encargarse de enviar sangre a la piel para regular la temperatura”, explica el fisiólogo Pedro Valenzuela. “El gasto energético es mayor, la utilización de glucógeno muscular también, el estrés es mucho mayor y la recuperación va a ser mucho peor”. Llega en medio de la ola de calor el padre Tourmalet, una ascensión de una duración que ronda los 40 minutos, la distancia que mide como ninguna la capacidad de cada corredor, obligados los mejores a mantener 425 vatios durante la subida. Ayuso, que solo lo ha ascendido una vez en competición (la etapa de la Vuelta de 2023 que ganó Vingegaard por delante de Kuss, y llegó a 38s del danés), no duda de su fuerza ni de su forma. “Hemos tenido esfuerzos bastante explosivos y mañana es un esfuerzo ya diferente, un poco similar al que tendremos en los Alpes”, reflexiona Ayuso. “Y se puede ganar o perder mucho porque luego hay un valle en el que si estás solo o atrás, que Dios se compadezca de ti, pero si estás delante con gente que reme, ay de los que se queden. El Tourmalet puede ser decisivo. En la Dauphiné ya hice este tipo de subidas y me encontré bastante bien, y creo que he ido mejorando…”
Olav Kooij, del equipo de Seixas, gana al sprint la quinta etapa del Tour de Francia en Pau
“Puede ser un día decisivo”, dice Juan Ayuso de la etapa del jueves con el Tourmalet, la primera subida de 40 minutos, que llega en medio de la ola de calor












