Después de su triunfo en Éibar, solo un cataclismo puede evitar que el francés, de 19 años, se convierta el sábado en el ganador más joven de la carrera vasca del WorldTour
Los viejos ven a Paul Seixas subir por los picachos de Éibar sin descomponer la figura, perfectamente sentado, acoplado a la máquina, y su espalda arqueada, sin mirar atrás, y piensan en Jacques Anquetil, el Mozart de la bicicleta que los 19 años, maillot de seda como su pedalada, ya ganó el Gran Premio de las Naciones, y aprecian también la tenacidad, la perseverancia en el esfuerzo y recuerdan que aunque es francés de Lyon corre por sus venas sangre portuguesa de bisabuelos hambrientos emigrados a la Europa rica de la posguerra, y piensan entonces en Joaquim Agostinho, soldado en la guerra colonial africana y amigo de Anquetil y de Ocaña en el Bic, duro como una piedra, y toda la sangre, las raíces, la clase, y una cierta despreocupación ligera y ambición clara, se conjugan en su cuerpo esbelto, 1,86 metros, un tallo que esprinta seguro por las calles de Éibar, convencido de que va a ganar a su compañero de fuga, y gana. Y el compañero de fuga, Florian Lipowitz, el alemán de 25 años que ya quedó tercero en el Tour, se acerca a él, ya cruzada la meta, y le felicita.






