El corredor de Lyon cierra su triunfo sufriendo con un ataque bajo la lluvia camino de Bergara, donde se impone el estadounidense Andrew August

Irlandés sentimental y loco, Ben Healy, en fuga bajo la lluvia con el pesado de Marc Soler y el tenaz Mattias Skjelmose, se empapa en la Itzulia con la cabeza puesta en las clásicas de las Ardenas, como también piensa en ellas, en la Amstel, en la Lieja, Paul Seixas, de amarillo Itzulia desde el primer día, la piedra sobre la que se edificará el ciclismo mundial los próximos años. Con él resucitará Francia, que no gana el Tour desde hace 41 años y que no tenía a un ganador de una prueba por etapas del WorldTour desde que Christophe Moreau se impuso en la Dauphiné de 2007, cuando Seixas no había cumplido ni un año. Entre medias, la sequía de grandes talentos, de Pinot, de Bardet, de Gaudu.

Chubasquero oscuro, impaciente, despreocupado, con la alegría de los niños que aman bailar bajo la lluvia, pasado Elgoibar Seixas ataca. Es la segunda ascensión a Elosua. Quedan 60 kilómetros hasta meta y dos puertos más, el segundo paso por Azkarate y Asentzio. La fuga, que no supone peligro para su puesto en la general, está lejos, a cuatro minutos. Es un regalo, una gesta innecesaria, como le gustan a los campeones generosos y al espigado francés del Beaujolais que enamora. Podía haberse mantenido discreto y silencioso toda la Itzulia, arropado en su equipo como hacían antes los líderes, administrando la ventaja que obtuvo en la contrarreloj del primer día, pero eligió convertir cada día en una proclama de su ser, su carácter, su voluntad de ganar siempre, de pelear, de su maillot amarillo. Un Pogacar de Lyon que abomina del cálculo y acaba pagando su osadía. Vuelve a ser el niño torpe de movimientos que se libera haciendo escalada de gimnasio y solo sabe correr al sprint desde el primer metro. La bicicleta es su liberación.