El ciclista guipuzcoano del Cofidis se impone en Galdakao en la cuarta etapa de la Itzulia, en la que Paul Seixas aumenta su ventaja sobre Primoz Roglic

Juan Ayuso se retira con problemas digestivos y el ciclismo español se dispone a entonar un blues, el lamento del corredor que no llega, cuando Alex Aranburu, guipuzcoano d...

e caserío y ojos claros, lanza tres gritos de aleluya. El primero, en el terrible muro de Legina, un camino sin más, irregular, asfaltado hace tiempo y 100 metros al 17%, a 10 kilómetros de meta, un valle oscuro, altos robles, silencio que solo perturba el rugido de la moto que le abre paso; el segundo, en las diabólicos curvas del descenso hacia la autovía; el tercero, el alarido final, exultante, en la cuesta final empinadísima de la llegada a Galdakao. A su espalda, se resigna el noruego Tobias Johannsessen, al que ha torturado hasta rendirlo.

La victoria es la especialidad del corredor del Cofidis, un toque de clase y velocidad que administra con cierta parsimonia. Por eso, todos sus victorias, que no son muchas, como tampoco son muchas las del ciclismo español, se recuerdan con claridad y solos de trompeta. La de hace un año en la rotonda de Beasain, por ejemplo. En 11 temporadas de profesional, Aranburu, de 30 años, ha conseguido nueve victorias; la tercera parte, en etapas de WorldTour; las tres en la carrera de casa, la Itzulia, que esta primavera está consagrando la llegada de un nuevo crack, el francés Paul Seixas, intocable a los 19 años y cuatro meses, y hermoso de amarillo, un color hecho para él, tanto estilo. Después de marcar territorio y decidir el resultado final con un golpe de genio en la contrarreloj de Bilbao y remacharlo el día de Aralar, cuando corrió en estado de gracia –“uno de esos días en los que no sabes cómo lo haces”, dijo--, Seixas y su Decathlon decidieron dedicarse solo a vigilar dormitando, un ojo abierto y el otro entrecerrado.