Los museos españoles nacen a finales del siglo XIX y surgen, por una parte, del coleccionismo real y aristocrático y, por otra, de los ideales de un grupo de intelectuales pertenecientes a la Institución Libre de Enseñanza, en un intento de democratizar y difundir la educación entre todas las clases sociales. Además, el patrimonio nacional sufrió una ruptura entre la cultura material —funcional, industrial, popular y anónima— y el arte, entendido en su dimensión simbólica, intelectual, elitista y autoral. Así, los tejidos y el textil, vinculados al trabajo de las mujeres, fueron relegados al primero de ellos, quedando desactivados en términos sociopolíticos. Para remediar esta situación y poner el foco en los materiales y en una tradición textil fuertemente arraigada en el territorio, Selina Blasco y Patricia Molins comisarían un proyecto de investigación que interviene los museos estatales de Madrid —el Museo del Traje, el Museo del Romanticismo, el Museo Nacional de Artes Decorativas, el Museo Arqueológico Nacional y el Museo de América— con el propósito de aportar una nueva perspectiva, desde la contemporaneidad, sobre una práctica que, hasta hace poco, no era considerada arte, pero que hoy ocupa un lugar destacado en galerías y ferias internacionales como ARCO.“La idea fue siempre trabajar con los tejidos y revisar, desde ahí, la historia del arte, aprovechando también el interés de estos museos por el arte contemporáneo y, desde la contemporaneidad, investigar sus colecciones. Siempre pensamos, además, en involucrar a los técnicos y trabajadoras del museo en todo el proceso, formando un triángulo junto con nosotras y las artistas invitadas. Queríamos también enfocar las exposiciones desde un punto de vista antropológico, de manera que el tejido formara parte de una historia del arte expandida, ya que, en realidad, se sigue tejiendo como hace miles de años”, explican las comisarias.Añaden que el textil tiene muchas capas: “El tejido ocupa un espacio más global que otras prácticas, porque es nómada: puede enrollarse y transportarse, y sus técnicas son muy parecidas en todos los países. Hay algo muy bonito que explica Teresa Lanceta: ‘Según algunos estudios, la Edad de Piedra pudo ser la Edad del Cordel y, desde el Neolítico, se conoce el tejido en los hogares, desde un tiempo tan antiguo como el pulido de las piedras’. La esencia es la misma y define un lenguaje y unas costumbres que han perdurado hasta nuestros días. Hemos querido reivindicarlo desde unos valores simbólicos y metafóricos. Los tejidos han permeado numerosos ámbitos: el lenguaje, la tecnología digital... Incluso el código binario de la informática tiene su origen en el propio tejido”.La exposición Fueron tejidos, actualmente en curso, de Teresa Lanceta, más que establecer un diálogo con la colección permanente del Museo Arqueológico Nacional (MAN), suma conocimiento y propone nuevas lecturas. Lanceta (Barcelona, 1951) es, quizás, la artista más destacada del panorama textil contemporáneo. Se articula en torno a tres ejes —Materiales, Procesos y Formas. De las que nunca nos fuimos— y asume la complejidad de proponer algo parecido a una “ficción especulativa”, dado que apenas existe documentación sobre los materiales y pigmentos utilizados en la Antigüedad. Resulta interesante imaginar los tejidos policromados y los pliegues escultóricos que podrían haber lucido las “matriarcas levantinas”, conocidas como damas ibéricas, en el siglo IV a. C.Memoria, tejidos, museos. Los barrios bajos de la atención arrancó en marzo del año 2025 con Cajón de Sastre, etc. primera exposición del proyecto junto a la artista australiana con base en Madrid Narelle Jubelin en el Museo del Traje. La muestra se vertebró en torno a una mesa de pedestal metálico que formó parte del antiguo Museo de Arte Contemporáneo, inaugurado en 1975 y hoy convertido en el Museo del Traje. El mueble se vistió con un faldón creado por Práxedes García, restauradora responsable de las réplicas de vestuario utilizadas en el museo, dando lugar a una metáfora que recorre toda la exposición y que aúna la herencia del edificio original con su función actual, al tiempo que visibiliza todo aquello que el público no ve, como los archivos o el trabajo de las empleadas del museo. Jubelin seleccionó las piezas prestando especial atención a los trajes regionales. A su vez, incorporó sus propias obras bordadas, creando una suerte de constelación de objetos e imágenes.“Narelle Jubelin trabajó a partir del origen de muchísimos objetos textiles del museo y también se fijó en el mobiliario que había tenido distintos usos a lo largo de su historia. Así, para el montaje utilizó exclusivamente mobiliario ya existente. Para ella era importante no solo el traje en sí, sino también los lugares donde se han ido exponiendo los trajes y vestidos; rescató cajones, expositores de metacrilato y otros elementos. También se centró en la arquitectura del edificio, porque la palabra “tejido” no solo remite al textil, sino que posee una polisemia mucho mayor: puede hablarse del tejido como estructura de las cosas. Ella llevó esa idea hacia una crítica institucional vinculada a la propia historia del Museo del Traje. Siguiendo el hilo de los tejidos y del concepto mismo de tejido, planteó una especie de reformulación de esa historia para reflexionar sobre cómo el Museo del Traje ha llegado a convertirse en la institución que es en la actualidad", comentan las comisarias.La segunda propuesta expositiva fue Cosas tenidas por pequeñeces, en el Museo del Romanticismo, a cargo de Las Hijas de Felipe (colectivo formado por Ana Garriga y Carmen Urbita). Esta conocida dupla de divulgadoras rescató un conjunto de piezas pequeñas y sin catalogar que contrastan con el gran conjunto de obras pictóricas y mobiliario del museo. Las Hijas de Felipe partieron de un diorama procedente de un convento del siglo XIX, un universo textil silenciado, ligado al espacio doméstico, y se inspiraron en la famosa obra de Ramón Gómez de la Serna, Lo cursi y otros ensayos. La exposición incidía en esos espacios seguros para las mujeres, donde reunirse, sociabilizar y “alfabetizarse” con las lecturas en grupo. El Museo Nacional de Artes Decorativas fue la siguiente parada del recorrido con Al puro se ve, de la artista venezolano-española Patricia Esquivias, que pone el foco en la artesanía y, concretamente, en una técnica de bordado marroquí muy compleja en la que el haz y el envés de la pieza son idénticos. Este bordado tiene su origen en la ciudad de Fez, pero también se da en la localidad de Caleruela (Toledo), donde se conoce como “punto moruno”. Estas prácticas, a las que casi nunca la historia del arte ha prestado atención, son ahora estudiadas por Esquivias desde una mirada antropológica. La exposición no solo destaca la identidad local ligada a los objetos, sino también su perfil nómada, ya que esta labor ha pasado por Marruecos, Turquía y España. “Durante años se negó el origen del punto moruno en el norte de Marruecos debido a su complejidad. No se creía que allí fueran capaces de realizar una técnica tan elaborada y, durante mucho tiempo, se le atribuyó un origen cristiano, directamente vinculado a la península y no a Fez. La perspectiva antropológica, especialmente en esta exposición y en la del Museo del Traje, es fundamental, al igual que la catalogación, que históricamente ha estado marcada por un sesgo relacionado con el significado que se atribuye a las obras. Los catálogos no son documentos objetivos ni científicos”, afirman las comisarias. El ciclo concluirá con una instalación audiovisual de Eva Lootz en el Museo de América, que se inaugurará el 22 de octubre y podrá visitarse hasta marzo de 2027. “Eva Lootz lleva tiempo trabajando sobre la desaparición de las lenguas vernáculas en América Latina y ha entendido el textil también como una forma de lenguaje y de comunicación, relacionándolo con el cuerpo en movimiento y con representaciones abstractas, como las tramas, estrechamente vinculadas a los tejidos. Toda esa investigación se materializará en una película que será la pieza central de la exposición. En 2027 y esto nos hace especial ilusión, se publicará también un catálogo que reunirá las cinco exposiciones”. Cuentan las comisarias que el pionero historiador del arte vienés Ernst Gombrich eligió su profesión para intentar entender por qué se consideraba arte la colección de pinturas de su padre, pero no la de tejidos de su madre. Propuestas así hacen falta en los museos para entender, desde la humildad casi pedagógica del textil y los tapices, los hilos y los bordados, no solo piezas maestras y de gran formato, sino también pequeños fragmentos de la vida y de la historia cotidiana de las mujeres —si entendemos la historia como lo que realmente pasa a través de la gente, no como lo que cuenta el poder a través de los libros—.