La guerra de las palabras es el título de un libro del profesor de Historia y Asuntos Internacionales de las Universidad de Princeton, Harold James; un recorrido por un lenguaje político infectado, dice, de palabras “demonizadoras” y de otras que han alcanzado el límite de su utilidad. Palabras y más palabras que dejan de servir para entenderse en la tribuna del Congreso y en los bares con los amigos. Hay expresiones que se escriben y se dicen hoy como toda la vida pero que han adquirido una lectura diferente por obra y gracia de la polarización. Quien pontifica en nombre del “sentido común” se está colocando en el marco de la ultraderecha del mismo modo que quien se reivindica como progresista queda retratado como sanchista. Y de tanto uso indiscriminado, hay palabras que se han gastado. ¿Era España una dictadura como se repetía durante el confinamiento por la pandemia de coronavirus? ¿Son fascistas todos los votantes de partidos de ultraderecha? El profesor de Teoría Política Santiago Gerchunoff describe en un evocador ensayo la “emoción política propia” que nos provoca en nuestros días señalar a alguien como fascista. “Nos sentimos virtuosos, osados y vivos de un modo específico”, explica a cuenta del “fenómeno” del uso de la palabra fascismo. Se banalizan conceptos con frivolidad y se resignifican otros. Hasta 2023, para la gran mayoría de los españoles, la palabra amnistía era una evocación al espíritu integrador de la transición y el consenso, todo lo contrario a la división que genera desde que se negoció el perdón de las condenas por el proceso independentista de Cataluña a cambio de siete votos para la investidura de Pedro Sánchez. Se ha discutido mucho sobre la aportación de la ley de amnistía a la convivencia pero la bronca, las manifestaciones y los golpes de pecho de sus detractores se han quedado impregnados en la palabra. Incluso ahora que Alberto Núñez Feijóo dice haber pasado página, cuando previsiblemente empiece a despejarse el regreso a España de Carles Puigdemont. Hay palabras cortas que pesan más que todos los circunloquios que se usan para camuflarlas; y no precisamente por una mera cuestión semántica. José María Aznar huía de las tres letras de ETA —“movimiento vasco de liberación”, denominó a la banda terrorista— y José Luis Rodríguez Zapatero pretendió imponer la “desaceleración” en lugar de crisis. “Ese señor del que usted me habla” era realmente Luis Bárcenas, pero a Mariano Rajoy le costaba pronunciar el nombre del extesorero del PP. Francisco de Quevedo lo dejó escrito —“pues amarga la verdad, quiero echarla de la boca; y si al alma su hiel toca, esconderla es necedad”—, pero pocos políticos se lo aplican. Escupen a menudo, pero casi siempre para atacar al contrario. Aunque lo realmente genuino de nuestro tiempo es que las batallas dialécticas son una excusa para las guerras culturales, las que se libran con un arsenal de nuevos términos para construir una realidad paralela. Se deshumaniza a un niño pobre, sin familia y llegado de África con el breve acrónimo de “mena” mientras se va desplegando de forma sutil una narrativa que dota de personalidad al embrión a través de la figura del “concebido no nacido”. “El concebido es persona desde el primer minuto, y por eso tiene derechos. Madrid es la primera región que así lo reconoce en sus políticas. En defensa de la vida”, escribió en las redes sociales Isabel Díaz Ayuso sin necesidad de mencionar el derecho al aborto. El ejemplo quizá más elocuente de la habilidad de la ultraderecha para conquistar posiciones a través del lenguaje es la “prioridad nacional”, dos nobles conceptos conjugados al servicio de la xenofobia. Escribe Harold James que las palabras “constantemente empleadas como munición en las guerras culturales, políticas y económicas no producen intercambio sino confusión” y que en nuestros días la terminología va configurando una nueva concepción divisiva del mundo. Que las palabras dadas y traicionadas, las palabras huecas y vaciadas han abonado el terreno para que el lenguaje político sea una herramienta para atrincherarnos en nuestra visión del mundo y negar la del contrario.
Sentido común, fascista, ‘menas’: la guerra de las palabras
El lenguaje político se ha convertido en una herramienta para atrincherarnos en nuestra visión del mundo y negar la del contrario









