Si la UE quiere sobrevivir al tsunami de los liberticidas globales solo puede hacerlo reforzando sus propios valores
No descubro la sopa de ajo si les recuerdo que la batalla por el significado de las palabras es determinante en la pugna ideológica. Nos lo explican Chomsky y Umberto Eco, también Gramsci, al que hoy
lturales-de-la-izquierda.html" data-link-track-dtm="">hacen más caso las extremas derechas que unas izquierdas ignorantes de la importancia del lenguaje en la disputa de la hegemonía. La manipulación de las palabras es tan antigua que precedió a la escritura. Sócrates ya nos advirtió de que el mal uso del lenguaje induce el mal en el alma.
Lo más peligroso de la manipulación es la normalidad con la que la asumimos. Hablamos de mercado de trabajo para lo que, en mis inicios como abogado laboralista, eran relaciones laborales. Detrás de ese inocente cambio se esconde la ideología de la mercantilización de todas las relaciones sociales.
Así, los pacientes de la sanidad han pasado de ciudadanos a clientes, con el peligroso argumento de que eso comporta un mejor trato. Escondida hay una concepción clientelar de la sociedad que ha atrapado también el lenguaje —y no solo— de partidos políticos, sindicatos, organizaciones sociales. Las personas no son sujetos activos de la acción sino destinatarias de su servicio.






