Los grandes debates actuales no se inician en tribunales ni parlamentos, sino en el lenguaje. Antes de reformar leyes, reinterpretar constituciones o transformar instituciones, suele producirse una mutación previa del léxico con el que una sociedad describe la realidad. Allí aparecen los eufemismos. Orwell advirtió este fenómeno en su obra 1984: no se necesita prohibir ideas; basta alterar las palabras mediante las cuales pueden expresarse. El control del lenguaje es una forma sigilosa de control del disenso.La discusión sobre ciertos derechos da ejemplos reveladores. Históricamente, tanto el constitucionalismo clásico como el sistema interamericano reconocieron protección jurídica a la vida desde la concepción. La Convención Americana sobre Derechos Humanos señala que la vida estará protegida “en general, a partir del momento de la concepción”. Pero buena parte del debate ya no gira inicialmente sobre el contenido jurídico de esas normas, sino sobre el lenguaje utilizado para describir al concebido. No es casual que, en el caso Artavia Murillo vs. Costa Rica, la mayoría de la Corte Interamericana concluyera que el concebido no podía ser considerado “persona” para efectos de la Convención Americana. El juez Eduardo Vio Grossi, en su voto disidente, recordó que la Convención considera equivalentes los conceptos de “persona” y “ser humano”.El nasciturus ya no es “ser humano concebido” o “niño por nacer”, sino “producto de la concepción”, “tejido gestacional”, “preembrión” o mero “contenido uterino”.A la par, el aborto pasó a ser “interrupción voluntaria del embarazo”, “derecho reproductivo” o expresión de la “autonomía corporal”. Ahí, el cambio lingüístico precedió al jurídico.No se trata de negar derechos de la mujer, sino de advertir que el neolenguaje invisibilizó el otro bien jurídico involucrado: la vida humana en gestación. Allí ya no existe verdadera ponderación, pues ya no se enfrentan dos bienes jurídicos visibles, sino un derecho plenamente nombrado –el de la mujer– frente a una realidad desdibujada del nasciturus, mediante expresiones técnicas.Algo similar ocurre en otros debates actuales donde categorías biológicas, jurídicas o morales son sustituidas por vocablos ambiguos o ideologizados. Expresiones como “muerte asistida” o “muerte digna” reemplazan palabras asociadas al suicidio o a la eutanasia, desplazando parte de la carga ética y jurídica de esos conceptos.A propósito de mi columna anterior, un lector comentó: “La neolengua es la herramienta de la posverdad”. La observación me pareció lúcida. La posverdad no consiste simplemente en mentir. Radica en lograr que los hechos objetivos pierdan importancia frente a narrativas emocionales o construcciones culturales.Cuando las palabras pierden significado estable, la verdad empieza a ser maleable. La discusión racional pasa a ser desplazada por consignas cuya repetición termina sustituyendo el análisis crítico.Los eufemismos contemporáneos no solo alteran el lenguaje. También alteran la capacidad de una sociedad para reconocer la realidad y debatirla honestamente. (O)